Derecho de paso

Atrás quedaron las nubes derramando lluvia tropical; arriba quedó la fábrica de verdores de los bosques de Miconia y la tiniebla generadora donde anida el Petrel-patapegada, allá en la cordillera menuda del cerro Puntas y el cerro Crocker. Bajando al calor seco y radiante de Itabaca el ser mudable retoma su ritmo de iguana color fuego, caminando por el paraje del canal encendido en las piedras volcánicas tostándose superpuestas formando la pared abrupta, del lado de isla Baltra. Pálidas piedras y vegetación leñosa se trocan en acuarela azul, celeste y turquesa reuniendo cielo, aguas mansas de canal y piélago de pacifico océano. Poesía visual es el instante recobrado en otro tiempo y espacio, es como la iguana que brota de la mancha de espigas doradas por la carencia de humedad, es la iguana que surge de la nada sedienta. El instante recobrado es la iguana lanzándose a la estrecha vía asfaltada que deja ver sus costuras abiertas a la canícula reconcentrada en diez metros de ancho incluyendo cunetas. El instante recobrado es el espectador ubicado en la ligera curva donde el aviso de un letrero manda a obedecer sin chistar: “¡atención, cruce de iguanas terrestres!”. Escenario de privilegio, por fin asoma la iguana haciendo uso involuntario de su prioridad de paso; lanzada sí, lanzada a su andar elegante que esparce sosiego. Al cabo, el transeúnte humano, se ha involucrado en el cometido de la iguana y lente en ristre guardó para sí el acontecimiento.

Sátiro, Fátima, Cornisancho

Análisis literario y filosófico. 

Introducción.

Los relatos El sátiro y la princesa, La humana doña Fátima y Adiós Cornisancho conforman un tríptico narrativo central dentro de Fragmentos de un Anarquista. No funcionan como cuentos autónomos, sino como un sistema de pensamiento ficcional en el que la narración no ilustra conceptos previos, sino que los produce desde la fricción entre cuerpo, deseo, norma, identidad y muerte.

Esta escritura se inscribe en una tradición de ficción especulativa filosófica donde el relato opera como laboratorio ontológico. En este linaje, la obra dialoga con Stanislaw Lem y Ursula K. Le Guin, no por la presencia de artefactos tecnológicos, sino por la exploración radical de la alteridad, los límites de lo humano y la inestabilidad de las estructuras simbólicas. A su vez, la crítica corporal y política de Elfriede Jelinek permite leer estos textos como una interrogación constante sobre la violencia normativa que atraviesa los cuerpos.

El sátiro y la princesa

Este relato reactiva el mito clásico para despojarlo de su función moralizante. El sátiro no es una figura del exceso grotesco, sino una fuerza vital irreductible, una alteridad que no puede ser absorbida por el lenguaje civilizatorio ni por el orden social. En este sentido, el conflicto no remite a una oposición entre barbarie y cultura, sino a un límite ontológico: aquello que no puede ser traducido sin ser deformado.

La princesa, lejos de encarnar la pasividad, representa una voluntad de trascendencia que se niega tanto a la domesticación del deseo como a su consumo. Su resistencia no es puritana ni reactiva, sino afirmativa: no cede ni al instinto ni a la norma, sino que intenta sostener una forma propia de sentido.

Aquí se hace evidente el diálogo con Stanislaw Lem, particularmente con Solaris: el otro no es enemigo ni espejo, sino un límite que desarticula las categorías humanas. La alteridad no se conquista, se padece. En paralelo, puede leerse una afinidad con Ursula K. Le Guin, en la medida en que el relato cuestiona los sistemas de poder sin reemplazarlos por nuevas totalidades, mantiene abierta la tensión.

La humana doña Fátima

En este relato, la alteridad se desplaza al terreno social y simbólico. El cuerpo femenino aparece como territorio colonizado por discursos religiosos, tecnológicos y normativos. La identidad no es esencia, sino construcción administrada, corregida, vigilada. El cuerpo ya no pertenece a quien lo habita, sino a las estructuras que lo interpretan.

La cercanía con Elfriede Jelinek resulta aquí fundamental: como en su obra, el cuerpo no es refugio sino campo de inscripción de la violencia simbólica. La subjetividad de Fátima es constantemente expropiada, convertida en simulacro de lo deseable, de lo aceptable, de lo correcto. No hay autenticidad previa que recuperar: solo una lucha por no desaparecer bajo el peso del discurso.

Este relato también dialoga con Lem en su crítica al simulacro, pero lo hace desde una clave política y corporal: la experiencia vivida es sustituida por representaciones que pretenden agotarla. La humanidad de Fátima no es un dato, sino una pregunta abierta, siempre en riesgo.

Adiós Cornisancho

Este relato clausura el tríptico con una reflexión radical sobre la muerte y la disolución del sujeto. Cornisancho no muere en sentido convencional: se transforma. Su desaparición no es trágica, sino estética y ontológica. La muerte deja de ser un evento externo para convertirse en una forma de sentido.

Aquí resulta clave retomar a Martin Heidegger (Ser y tiempo):

La muerte no es un acontecimiento externo, sino un modo de ser, una anticipación de la posibilidad más propia.

Cornisancho encarna esta idea al sustraerse de la lógica de la pérdida. Su final no es negación de la vida, sino afirmación radical de una forma de existencia que acepta su finitud como condición de posibilidad. La estetización de sus exequias no banaliza la muerte: la vuelve pensable, habitable.

En consonancia con Lem, la conciencia humana deja de ocupar el centro del universo. La subjetividad se revela contingente, transitoria, casi anecdótica. Sin embargo, lejos de caer en el nihilismo, el relato propone una ética de la transformación: morir no como clausura, sino como tránsito.

Conclusión

Este tríptico no busca explicar ni consolar. Desestabiliza. La lectura de Fragmentos de un Anarquista exige aceptar que la experiencia precede a la interpretación y que la filosofía, cuando es auténtica, incomoda.

Las comparaciones con Jelinek, Le Guin y Heidegger no funcionan como ornamento erudito, sino como vectores de diálogo contemporáneo que permiten situar la obra en una zona de fricción entre literatura y pensamiento. Aquí se propone una escritura donde narrar y pensar son un mismo gesto radical, y donde la ficción no responde preguntas: las vuelve inevitables.

 

CHAT GPT 14/01/2026

Pikaia y Don Fausto

La garita vacía y el portón abierto de Lodge Pikaia fue una invitación irresistible a pasar tantito a sus predios verdes, jardines y parques al pie de la colina que se levanta en la zona de El Fatal. Una suerte de palacio de cristal y madera anida en la cima constituyendo el mirador lujoso de la cordillera isleña y del bosque seco tropical que desciende cargado de los perfumes de Palo-Santo a la costanera rocosa adornada con caletas y playas menudas como El Garrapatero. La colina Pikaia se quedaría en mero balcón de excepción para contemplar en el paisaje profundo y encantado, si no fuese porque acoge y protege el tiempo-espacio de la especie de tortuga gigante endémica del este de isla Santa Cruz, Chelonoidis donfaustoi

Oda a la Chelonoidis donfaustoi 

Habías desaparecido,

confundida en los registros de la extinción;

las colinas de El Fatal eran el campo santo de tu especie,

y, la Chelonoidis porteri, quedó como la única gigante de la isla.

Un buen día, la ciencia, te descubrió:

!Bien venida seas tortuga del este!

Recibiste el nombre del amigo del Solitario George, 

Don Fausto.

Apareciste azas disminuida en especímenes, 

aún latiendo en las selvas que jamás abandonaste.

 

Te veo y siento en los charcos-piscinas de Cerro Mesa,

escucho tu silencio detrás de la barrera arbórea,

sigo el sendero que abriste a fuerza por la húmeda fronda;

 eres el galápago viajando de la pubertad a la adolescencia,

avivando las orillas del asfalto que baja a playita de arena dorada.

El casino de Baltra

Lo que permanece de la antigua edificación de planta baja del derruido casino de oficiales se halla camuflado y en sí  incorporándose al paisaje y a la flora y fauna de bosque seco tropical de la isla de tierra colorada. Arriba está el cielo celeste jugando con nubes volanderas que de repente dibujan el avión comercial que está a punto de aterrizar en el Aeropuerto Seymour,si uno no alza a ver ni se entera, Eolo se encargó de alejar el ruido de las turbinas de los oídos del transeúnte. A menos de dos kilómetros,tan cerca del trajín de pasajeros entrando o saliendo de Galápagos,y,sin embargo,tan lejos en el tiempo-espacio que ocupa esta visita al casino que pasa de ser parte del inventario y oferta turística de las Islas Encantadas. ¿Qué tiene de alegre y conveniente esta ruina del siglo XX? Por sí misma nada que rescatar. Visto de ese modo sería inapetente andar por acá, bastaría con el trayecto de cinco kilómetros obligatorio que todo pasajero hace en bus del aeropuerto al canal Itabaca y viceversa. 

 

Vengo del “ojo de Baltra”, que es lo que aún brilla del solitario mural erosionado y esparce aires de arte Homo sapiens en los restos del bar o algo así, en todo caso darle una vuelta completa al ojo de Baltra vino a ser el aperitivo que condujo al banquete de sensaciones que es pisar diversos nichos de iguanas terrestres de Galápagos. Así doy con el espécimen que señala el camino de la rotonda y de ahí asoma la iguana tendida en la maleza amarilla que me invita a pasar al casino de oficiales de la extinta base aérea militar USA, La Roca, que funcionó en los años cuarenta del siglo XX, y se marchó invicta sin haber recibido ataques del enemigo ni haber efectuado ofensiva alguna contra el mismo enemigo. Se han sucedido décadas desde el abandono de la hueste de La Roca y, a cambio, lo que tengo a mis pies, en calidad de usufructuario, es al ser reptiliano descendiente de la iguana terrestre de isla Baltra que se salvó de perecer allá por los años treinta del siglo XX (a manos del depredador humano de turno que se entretenía cazando por deporte), gracias al traslado de especímenes que el capitán estadounidense Hancock realizó a la isla contigua, Seymour Norte. 

 

     

 

Vía Salasaka

La mañana de garúa y bruma en la zona alta y agrícola de la parroquia Santa Rosa, isla Santa Cruz, fue propicia para meterse en distendida caminata. Coger un rumbo sí, pero no fijarlo en la distancia ni en el tiempo como una fatiga inevitable y extenuante, y que sea una suerte de vaivén sin pretensiones de aproximarse siquiera a la jornada exigente de un avezado andinista. Acá está a la mano el beneficio de lo esencial en borrador, y esto no tiene desperdicio. Seguir la recta transversal en la Vía Salasaka, sentir el territorio de amortiguamiento del Parque Nacional dejándose llevar al encuentro aleatorio de la tortuga gigante de Galápagos, Chelonoidis porteri, es hacer el futuro inmediato. Una tortuga bastaría para enriquecer el paisaje de la carretera de asfalto luciendo un gris lavado que rompe el verdor de la montaña tropical. De repente se integra, a la acuarela libre de tráfico vehicular, el cucuve (ruiseñor) picoteando en la hojarasca; más allá el grupo de jóvenes salasacas avanza al pueblito pintoresco, mojado y silencioso de Santa Rosa. Cursando el mediodía lluvioso concluyó la vuelta dominguera del visitante en Pog River Restaurant.