Garza de orilla gris

Garza elegante,

solitaria de orilla volcánica,

vas por ahí sin distracciones,

pasear en bajamar es estar hambrienta.

 

Garza voraz,

alerta en el conglomerado lávico, 

atenta a la cacería intempestiva,

presta a clavar el pico en carne tierna:

suculenta cría de iguana marina. 

 

Garza ceniza de copete azul,

a zancadas de velociraptor,

en carrera prehistórica,

copando la caleta de arena blanca,

atrapas al pie del arrecife a la morena feroz.

 

Hasta aquí fui espectador,

se veló el desenlace de vida-muerte,

fue una lucha oculta en las grietas,

perdida en laberintos de plataforma gris.

 

Entonces asumí que la morena zafó,

liberándose de ser presa de la garza,

que reapareció mansa en su atalaya,

oteando largo en el horizonte turquesa,

antes de esfumarse a ras de las olas. 

 

Ahora imagino otro escenario, 

la garza apurando el bocado gigante,

la garza en el frenesí de su gula, 

la garza siendo ave reina en digestión:

¡Salve pescadora, pico de oro,

glotona de costa brava!

 

Ahora imagino la secuencia alterna:

la morena endemoniada,

salvaje depredadora,

dientes de barracuda, 

rompiendo la garganta emplumada,

retornando vencedora al océano eléctrico.

Silencio conolophus

Quietud de iguana terrestre,

inmersa en óleo siena,

inmersa en tierra resquebrajada.

Respira el entorno húmedo,

de piedra volcánica suelta,

de espiga bamboleándose con

el peso del abejorro azabache.

Quietud de iguana amarilla,

en brisa de temporal laguna,

mudándose a piel tostada.

Atenta al son de aves raras,

melodía de visitantes alados,

melodía de isla menuda,

melodía de isla desértica, 

melodía de isla inundada.

Quietud de iguana paisaje,

silencio radiante,

silencio conolophus,

indeleble en la memoria mágica.

 

Pikaia y Don Fausto

La garita vacía y el portón abierto de Lodge Pikaia fue una invitación irresistible a pasar tantito a sus predios verdes, jardines y parques al pie de la colina que se levanta en la zona de El Fatal. Una suerte de palacio de cristal y madera anida en la cima constituyendo el mirador lujoso de la cordillera isleña y del bosque seco tropical que desciende cargado de los perfumes de Palo-Santo a la costanera rocosa adornada con caletas y playas menudas como El Garrapatero. La colina Pikaia se quedaría en mero balcón de excepción para contemplar en el paisaje profundo y encantado, si no fuese porque acoge y protege el tiempo-espacio de la especie de tortuga gigante endémica del este de isla Santa Cruz, Chelonoidis donfaustoi

Oda a la Chelonoidis donfaustoi 

Habías desaparecido,

confundida en los registros de la extinción;

las colinas de El Fatal eran el campo santo de tu especie,

y, la Chelonoidis porteri, quedó como la única gigante de la isla.

Un buen día, la ciencia, te descubrió:

!Bien venida seas tortuga del este!

Recibiste el nombre del amigo del Solitario George, 

Don Fausto.

Apareciste azas disminuida en especímenes, 

aún latiendo en las selvas que jamás abandonaste.

 

Te veo y siento en los charcos-piscinas de Cerro Mesa,

escucho tu silencio detrás de la barrera arbórea,

sigo el sendero que abriste a fuerza por la húmeda fronda;

 eres el galápago viajando de la pubertad a la adolescencia,

avivando las orillas del asfalto que baja a playita de arena dorada.