La mañana de garúa y bruma en la zona alta y agrícola de la parroquia Santa Rosa, isla Santa Cruz, fue propicia para meterse en distendida caminata. Coger un rumbo sí, pero no fijarlo en la distancia ni en el tiempo como una fatiga inevitable y extenuante, y que sea una suerte de vaivén sin pretensiones de aproximarse siquiera a la jornada exigente de un avezado andinista. Acá está a la mano el beneficio de lo esencial en borrador, y esto no tiene desperdicio. Seguir la recta transversal en la Vía Salasaka, sentir el territorio de amortiguamiento del Parque Nacional dejándose llevar al encuentro aleatorio de la tortuga gigante de Galápagos, Chelonoidis porteri, es hacer el futuro inmediato. Una tortuga bastaría para enriquecer el paisaje de la carretera de asfalto luciendo un gris lavado que rompe el verdor de la montaña tropical. De repente se integra, a la acuarela libre de tráfico vehicular, el cucuve (ruiseñor) picoteando en la hojarasca; más allá el grupo de jóvenes salasacas avanza al pueblito pintoresco, mojado y silencioso de Santa Rosa. Cursando el mediodía lluvioso concluyó la vuelta dominguera del visitante en Pog River Restaurant.