Oda a la vida lenta

Aquí Tychia, comunicando sobre la marcha… Pensé que la cosa atmosférica iba a mejorar y hasta me saqué el ligero rompevientos y removí la capucha impermeable de la mochila de asalto a la cumbre de este día, figura verbal del desplazamiento de marras haciendo gracia y honor a la bipedación humana en esta época del desprecio a la vida lenta. Así le hago el quite al oxidarse en paz de la época urbanícola de Inti y Tilda, cuando éramos los compañeros ideales, ambos fieles a la impronta de oxidarse en paz. Fuimos la pareja de la existencia rápida que aullaba afanosa: ¡oxídate en paz!  

 

No hubo tregua, la lluvia se tornó torrencial tras los minutos de incertidumbre engañabobos, lo cierto es que la transeúnte se quedó con la gana de que no solo se aligere la marcha sino que se ilumine. Apenas fue un amago celestial de cerrar el grifo, tampoco es que esperaba desembarcar en paisajes deliciosos de tierras altas con vista al océano tropical. A desoxidar en paz, Tichya. No hay más conflicto adoptando el buen talante propio del ser mata-domingos. Abandonando la aldea, a la altura del cementerio, se diluyó la gana de andar soñando con una mañana de sol y sombra equilibrados, el rompevientos volvió a cubrir mi espalda y la capucha a unirse a la gorra de béisbol, también el protector impermeable de la mochila de asalto se desplegó; otra vez venía forrada del pantalón corto para arriba. Los pies desnudos calzando sandalias de senderismo anfibias se predisponen a chapotear sin ambages en los charcos de la carretera rústica de lastre y tierra color ferruginoso. Cuán eficiente soy con el trabajito que acarrea esto de enrollar y desenrollar, guardar y sacar ropa de fatiga. En todo caso cualquier movimiento es parte de la tarea principal de cocer a fuego lento la mañana de domingo, si haces bien la tarea reventará una tarde de domingo muelle, y después un lunes jubiloso acordándome que el domingo fue ampliamente superado sin pena y con gloria memorable. 

 

Anduve un buen trecho a merced del aguacero resbalando en la visera y goteando al piso del camino de campo endomingado que se une, libre de tránsito motorizado, al arte abstracto que en sí constituye la acuarela plomiza, nebulosa, del inmediato futuro. De la acuarela lateral brota la voz cantarina y empática: Vamos cogiendo tu ritmo de tortuga gigante adquirido en isla Isabela cuando aún eras Tilda no sé cuántos en transición a la Tychia de aquí y ahora. Si te acuerdas cuando eras Tilda la transparente, la ejecutiva de alto vuelo volcada a las redes sociales… Cómo no acordarme, era la ingeniera ingeniosa todoterreno urbanícola, allá por la época del éxito a dúo con Inti el emprendedor y su frase favorita, en exclusividad hecha para Tilda: “voy a ser cruel contigo amorcito, amorcito…”. Inti me recitaba la frase de su angustia existencial imponiendo orden, según él, y explayándose en la monserga del progreso individual gracias a la autoexplotación. Esto porque sospechaba en ti el bullir libertario que guardabas en secreto casillero del subconsciente aunque ensoñando te escuchabas devolviendo a Inti la frase, ¿en modo búmeran, o no? Por supuesto que sí, quitando los horribles diminutivos del amor que jamás fue más allá de una sociedad conyugal temporal y de mutuo beneficio adquisitivo-acumulativo. De hecho, es de rigor la gratitud que al cabo le debo a Inti, me enseñó a ser precavida reuniendo fondos a futuro, a semejanza suya. Y mira vos la debacle conyugal que camuflada se venía a pasos de panóptico desarrollista. Una vez consumada, en isla Isabela, el fin de la felicidad consumista a dúo, el saldo a favor de Tychia es prometedor, me refiero a que dispone de una fortuna suficiente para que la austeridad de la vida lenta sea perpetua, sin dar golpe. 

 

“Voy a ser cruel contigo, Inti, bestia humana acuciosa…”. Fue un goce iniciar así el brevísimo diálogo del adiós, me veía radiante repitiendo esa frase de ensueño que se hizo realidad en la estocada letal a nuestra sociedad conyugal libre y, taxativamente hablando, así resultó. El contrato verbal, que igual estaba por concluir en sus primeros cuatro años renovables si las partes así lo disponían, acabó impecable. Fue espontáneo que surja el punto final teniendo a Inti como pretexto y detonante de la explosión pliniana: “…no quiero ser feliz contigo y peor con la Tilda pujante, prefiero vivir de muda en muda”. Modificaste tu nombre Tilda a un nombre que te suena astral, cósmico, Tychia o Tichya, se consolidó para encarnar al ser mudable que hace la cumbre de este día y de todos los días. 

 

Me encanta que traigas a colación la última mañana que fui feliz con Inti. ¿Cuándo?, como si hubiese sido hace un siglo igual pasaría de consultar a la memoria cibernética, da lo mismo el tamaño temporal -un año o un eón- transcurrido desde que abandoné a la rendidora Tilda. El acto consumado de haber sido cruel a semejanza de Inti fue la resolución en sí de la honestidad mutua, o sea Tilda fue tan honesta como el rapidito Inti. Fui cruel (honesta), rompiendo de raíz con la obtusa cotidianidad de Tilda, la despaché junto con su interminable calculadora llamada Inti. Vaya transformación la tuya Tychia, sufriste una fermentación lenta en el subconsciente: el proceso que reventó a manera de un volcán pliniano (gracias a la metáfora de Plinio el Pliniano). De la noche a la mañana descubriste que ir a ritmo de tortuga gigante era lo tuyo, zafaste de la autopista de ocho carriles y no ruedas más en la felicidad reducida a postura social. 

 

Esto no va a componerse solo porque rendimos tributo dominguero a la vida lenta, ondulada y transversal, teniendo como fondo en los flancos a las fincas sumidas en un  letargo primigenio de esponjas. Vamos para delante a ritmo de tortuga gigante, adoptamos la figura ideal para ser protagonistas en el aguacero y en la aproximación al mediodía. Sí, vamos para delante pero no avanzamos en la nada brumosa careciendo de un tambo cercano donde guarecernos como el fetiche quelonio que cualquier momento encuentra refugio donde está, no nos pegamos a la maleza de la vera del camino que se viene angostando intempestivamente. Nosotras, bípedas implumes, tenemos que buscarnos la vida como tales y la alternativa de la retirada digna está presente en los pies, a saber: volver a la plaza del pueblo, es lo que nos conviene tal como van las cosas de andar y ver sin la menor esperanza de que surja otro acontecimiento a la intemperie que no sea agua celestial, ni siquiera nos hemos topado con una tortuga gigante, ¿dónde están y dónde estamos nosotras? En fin,Tichya, propongo dar media vuelta ipso facto cuando todavía gozamos de energía para hacer heroico retorno a la sociedad de puerto endomingado, déjate de pendejadas, tenemos antojo de cuatro empanadas rociadas de ají de tomate árbol, tenemos antojo por el jarro de café chuspa de estos lares, tostado y molido a la vista. De eso mismo hablamos, Tychia, dos empanadas de viento y dos de verde, frente al mar en la hueca de Charly: ¿aceptas o no?”. 

 

A eso iba, a ordenar la retirada y media vuelta con rumbo cierto a hincarle el diente a la exquisitez gastronómica recomendada por el sibarita Lovochancho, ascensionista de media montaña a tres cuartos de montaña. Pero no sé cómo eché de ver en la hondonada y constaté -a pesar del tiempo nublado y oscuro proyectándose al infinito en un túnel vegetal que presentía venir inexorable-, que había un detente original, inminente, alcanzable a pies y manos danzantes. Dimos con la pared de fragante de bosque lechoso, Scalesia affinis, y gritamos con la espesura al unisono “hasta aquí llegaste”.   

 

Me reconozco yendo al encuentro de la glorieta señorial de la hondonada, la bandera blanca aunque azotada por el viento y la lluvia luce airosa en la cúpula de la pérgola que invita a dar la vuelta, y ser huésped del espacio techado que conforma una isla seca, cálida y acogedora donde anclar a salvo el velero húmedo de la mañana justo cuando arrecia el aguacero galopando hacia el diluvio. Entrar a la glorieta fue salir del planeta de la humedad criando mixomicetos en la espalda, me tomó segundos despejar los sentidos e incorporarlos a la flamante realidad de la pérgola al límite del abismo verde de Scalesia affinis descendiendo al llano.

 

Música de aguacero tropical me arrulla. La toalla playera se amolda a mi cuerpo despojado de las prendas de vestir impermeables, suspendida en el calorcito seco de la hamaca estoy lúcida para oír el eructo majestuoso del otro huésped del refugio: Solitario George.                

Marejada y bajamar

Marejada tropical que aísla,

poesía visual de océano pardo,

sargazos desplazando al azul marino,

resplandor claroscuro descompone el paisaje playero,

quitando el espacio delicioso entre el mar turquesa

y el azabache perlado de plataformas volcánicas. 

 

Marejada de caldo espeso: sargazo invasor,

perdiendo el verde de las hierbas rastreras.

El Niño tragándose la costanera,

El Niño devorando la voluptuosa franja de arena,

trayendo monstruos submarinos a tórridas selvas.

 

Bajamar de la opuntia gigante, 

bosque de troncos llameantes,

cactus de flor amarilla,

de ti brota la tuna jugosa:

elixir de pinzones y galápagos.

 

Bajamar que abre el diorama de arena mullida,

brisa que se filtra en intrincado manglar,

aroma de Palo Santo,

círculo iniciático de las iguanas.

 

Encendiendo la concha cremosa, 

al vaivén de la ola picotea el ostrero,

cadencia alada puebla la orilla.

La realidad después de la lluvia

La realidad después de la lluvia: Tichya, el Quijote y el arte de estar disponible para la aventura

Hay relatos que comienzan cuando algo extraordinario sucede. Otros comienzan, curiosamente, cuando aquello que esperábamos que sucediera deja de suceder.

“Mañana lluviosa”, relato incluido en El hombre sin espejos, de Juan Arias Bermeo, pertenece a esta segunda especie. Tichya emprende una salida hacia las tierras altas de una isla galapagueña con una expectativa sencilla: caminar, contemplar la naturaleza y encontrarse con las tortugas gigantes. Pero el clima decide otra cosa. Empieza a llover y la aventura imaginada se deshace antes de comenzar.

A primera vista, podría parecer una contrariedad menor, una de esas pequeñas frustraciones que forman parte de cualquier viaje. Sin embargo, en el universo narrativo de Arias Bermeo, los acontecimientos aparentemente adversos suelen poseer una capacidad de transformación. La lluvia no arruina la aventura de Tichya: la modifica.

Y esa modificación constituye el corazón del relato.

Cuando fracasa el itinerario

Tichya no puede controlar la meteorología. El paisaje previsto desaparece de su imaginación: la caminata seca y soleada, el sendero de las tortugas, las imágenes que había construido mentalmente. Entonces toma una decisión aparentemente pragmática: regresar.

Pero allí empieza la verdadera aventura.

Tichya vuelve hacia el puerto y, lejos de encerrarse en la decepción, se introduce por un sendero que llama, casi arbitrariamente, Callejón del Lagartijo. El bosque seco la recibe. Después llega una lluvia persistente. Luego un aguacero. Finalmente, una tormenta eléctrica.

La protagonista ya no está realizando el viaje que había proyectado.

Está realizando otro.

Este desplazamiento constituye una de las ideas más sugerentes del relato: la aventura comienza cuando dejamos de exigirle a la realidad que cumpla nuestro programa.

El viaje previsto era una cosa. El viaje vivido resulta ser otra.

Y quizá allí resida una de las claves de El hombre sin espejos. La propia presentación del libro define la aventura mediante la idea de “mudarse”: cambiar de estado, abandonar una posición para entrar en otra. Los personajes de estas ficciones parecen vivir bajo esa premisa. (Homo Aerius)

Tichya se muda, primero sin saberlo, de una expectativa a una experiencia.

La lluvia como máquina de transformación

La lluvia desempeña en el relato una función mucho más profunda que la de proporcionar ambiente.

Al principio representa una interrupción.

Después se convierte en experiencia corporal.

Y finalmente termina funcionando como una especie de mecanismo de revelación.

La narración lleva a Tichya desde la oscuridad húmeda del bosque hasta una caleta. La tormenta alcanza allí su máxima intensidad y, de pronto, cesa. Lo que sigue posee una cualidad casi epifánica: la arena mojada, el oleaje, la luz solar, el horizonte marino, las islas que reaparecen ante los ojos.

El texto condensa ese tránsito en una imagen particularmente poderosa: después del aguacero, Tichya se contempla reflejada en la arena húmeda.

Es un momento breve, pero merece detenerse en él.

El libro se llama El hombre sin espejos. Y, justamente después de atravesar la tormenta, la protagonista encuentra una superficie que le devuelve su propia imagen.

Pero no se trata de un espejo convencional.

La arena mojada es un espejo inestable, una superficie que reverbera mientras el océano la transforma. La imagen existe durante un instante y puede desaparecer al siguiente.

Tal vez no sea casual.

En este universo, la identidad tampoco parece ser una imagen fija.

Tichya: personaje, viajante y sujeto de la experiencia

Desde las primeras líneas, “Mañana lluviosa” introduce un procedimiento narrativo que llama la atención: la voz oscila entre la primera y la tercera persona.

“Soy Tichya”, afirma inicialmente la narración. Pero inmediatamente comienza a hablar de Tichya desde fuera: “Tichya percibe”, “Tichya contestó”, “Tichya observa”. Más adelante vuelve la primera persona: “Voy rodando…”, “me reflejo…”.

La alternancia no parece buscar una estabilidad narrativa convencional.

Por el contrario, parece expresar la propia condición del personaje.

Tichya es simultáneamente quien vive la experiencia y quien se observa viviendo.

El relato la denomina repetidamente “viajante” y, en determinado momento, “sujeto de la experiencia”. Esas expresiones resultan significativas porque desplazan el interés desde una identidad fija hacia una identidad en movimiento.

Tichya no es solamente alguien que viaja.

Tichya es alguien que se constituye mientras viaja.

Su identidad está “actualizada y en borrador”, para utilizar una de las expresiones del propio relato. (Homo Aerius)

Aquí aparece una conexión profunda con el título de la colección.

El hombre sin espejos podría ser entendido, en una primera lectura, como alguien que carece de una imagen en la cual reconocerse. Pero quizá la ausencia del espejo tenga otra consecuencia: si no existe una superficie estable que nos devuelva siempre el mismo rostro, nuestra identidad queda sometida al movimiento.

El lenguaje se convierte entonces en espejo.

Pero un espejo peculiar: no devuelve una imagen definitiva, sino múltiples versiones de quien mira.

El reconocimiento: ver y ser visto

El relato comienza, significativamente, con un pequeño episodio de reconocimiento.

Una persona saluda a Tichya porque la reconoce, mientras ella no la había reconocido previamente. Más adelante, Tichya sí reconoce a otro viajante: el hombre de los grandes bigotes.

Este juego aparentemente casual con la memoria visual prepara una cuestión que recorrerá todo el relato:

¿quién reconoce a quién?

El problema adquiere una dimensión mayor cuando Tichya llega a la playa.

Allí verá a Don Quijote y Sancho.

Ella los reconoce.

Pero ellos no reparan en ella.

La estructura resulta casi especular: al principio alguien reconoce a Tichya sin que Tichya lo reconozca; al final Tichya reconoce al Quijote sin ser reconocida por él.

El espejo nunca se completa.

Y quizá por eso resulta tan importante.

La experiencia humana no consiste únicamente en mirar y ser correspondido por otra mirada. Muchas veces consiste en encontrarnos con algo que nos transforma sin que aquello que encontramos llegue siquiera a saber que estuvimos allí.

Galápagos: mucho más que un escenario

Hay otra razón por la que la aparición del Quijote no resulta gratuita.

Arias Bermeo construye antes el territorio con una atención casi sensorial. La lluvia, los árboles, los animales, la arena, el océano, las rocas volcánicas, las aves y las islas aparecen mediante una acumulación de detalles que convierte a Galápagos en una presencia narrativa.

La naturaleza no es un decorado.

Actúa.

La lluvia modifica el itinerario.

El bosque modifica la percepción.

El sendero conduce a la playa.

El mar abre el horizonte.

Y el paisaje hace posible el encuentro.

La naturaleza, en consecuencia, no está simplemente alrededor de Tichya: interviene en la construcción de la historia.

Esto es importante porque permite comprender mejor la aparición del Quijote.

Cuando finalmente aparece, el lector ya ha sido instalado en una realidad intensamente concreta. La geografía ha adquirido suficiente densidad como para que la irrupción de lo imposible no destruya la realidad narrativa.

Al contrario.

La vuelve todavía más extraordinaria.

Cuando Don Quijote llega a Galápagos

Y entonces ocurre el gran acontecimiento del relato.

Tichya ve al Quijote, a Sancho, a Rocinante y al rucio avanzando por la playa.

La escena podría haber sido tratada como una simple extravagancia humorística: Don Quijote en Galápagos, lejos de La Mancha, enfrentado a tortugas, iguanas y volcanes.

Pero el relato elige otra posibilidad.

Don Quijote no llega a Galápagos para combatir monstruos.

No necesita convertir el paisaje en otra cosa.

No confunde los animales con enemigos.

No busca entuertos.

Contempla.

El texto lo presenta como un caballero más cercano al pensador contemplativo que al justiciero de lanza en ristre. El Quijote parece relajado, liberado temporalmente de aquella urgencia que lo llevaba a transformar el mundo en aventura. (Homo Aerius)

¿Por qué?

Porque Galápagos ya es aventura.

No necesita que Don Quijote la convierta en ficción.

La realidad ha llegado por sí misma a una potencia imaginativa extraordinaria.

La inversión de Cervantes

Aquí aparece, a mi juicio, el diálogo más fecundo con Cervantes.

En Don Quijote de la Mancha, el protagonista observa el mundo y lo transforma mediante su imaginación. Los molinos se convierten en gigantes; las ventas pueden adquirir la apariencia de castillos; la realidad cotidiana es permanentemente atravesada por la ficción.

En “Mañana lluviosa” se produce casi la inversión de ese procedimiento.

Don Quijote llega a un lugar donde la realidad ya posee la potencia de la ficción.

No necesita gigantes.

Tiene volcanes.

No necesita monstruos imaginarios.

Tiene especies únicas.

No necesita transformar el paisaje.

Galápagos ya parece inventado.

Y eso permite que el Quijote descanse de alguna manera de su propio quijotismo.

La literatura llega a un territorio donde la naturaleza ha realizado previamente su trabajo.

Tichya y Don Quijote: dos viajeros desplazados

A partir de aquí, Tichya y Don Quijote pueden leerse como dobles.

Ambos son viajeros.

Ambos viven la aventura como forma de conocimiento.

Ambos se relacionan con el mundo desde una sensibilidad que excede lo puramente utilitario.

Ambos están desplazados.

Pero existe una diferencia fundamental.

Don Quijote transforma la realidad mediante la imaginación.

Tichya descubre que la realidad ya contiene imaginación suficiente.

Ésta puede ser una de las claves filosóficas del relato.

Tichya no sale buscando una experiencia fantástica. Sale buscando tortugas.

La lluvia altera sus planes.

La alteración la conduce al mar.

El mar le devuelve su reflejo.

Y después del reflejo aparece el Quijote.

La ficción no se introduce violentamente desde afuera.

Parece surgir naturalmente de la experiencia.

La literatura como forma de mirar

Tichya puede reconocer al Quijote porque lleva consigo una memoria literaria.

La lectura ha modificado sus ojos.

Otra persona podría haber visto simplemente a dos hombres y dos animales. Tichya ve a Don Quijote y Sancho porque dispone de un repertorio interior que le permite reconocerlos.

Esto conduce a una idea que trasciende el relato:

leer es aprender a reconocer posibilidades en el mundo.

La literatura no permanece confinada al libro.

Una vez leída, pasa a formar parte de nuestra percepción.

Comenzamos a mirar la realidad con los ojos de nuestros personajes, nuestros poemas, nuestros relatos y nuestros mitos.

Por eso el encuentro de Tichya con Don Quijote puede entenderse también como un encuentro entre literatura y percepción.

Tichya no solamente encuentra un personaje.

Encuentra, materializado ante sus ojos, algo que ya llevaba dentro de sí.

El tiempo también se vuelve paisaje

El relato lleva todavía más lejos el desplazamiento.

Don Quijote no solamente está fuera de España.

Está fuera de su tiempo.

Entre Cervantes y las islas median siglos, continentes y océanos. El narrador habla incluso de “océanos de tiempo volcánico”, una expresión que convierte el tiempo en geología y la geología en metáfora.

Galápagos resulta especialmente apropiado para esta operación.

Las islas obligan a pensar en escalas temporales que exceden la duración humana. La tortuga gigante lleva consigo una temporalidad biológica. Las rocas volcánicas llevan una temporalidad geológica. Don Quijote lleva una temporalidad literaria.

Y Tichya camina entre ellas.

De pronto, una mañana lluviosa contiene simultáneamente:

tiempo humano, tiempo biológico, tiempo geológico, tiempo histórico y tiempo literario.

La caminante se convierte así en una viajera no solamente por el espacio, sino por distintas formas del tiempo.

El lenguaje también viaja

Hay otro detalle significativo en el encuentro.

Tichya se siente cautivada por el “rítmico castellano” del Quijote y Sancho, por esa lengua que llega desde el Siglo de Oro hasta una playa galapagueña. (Homo Aerius)

No llega solamente un personaje.

Llega una lengua.

Cervantes viaja hasta Galápagos a través de sus palabras.

Y esto permite una lectura particularmente hermosa: el lenguaje puede viajar más lejos que el cuerpo.

Tichya necesita un bus, un sendero, una tormenta y sus propios pies para llegar a la playa.

Don Quijote necesita siglos de literatura.

Una vez creado, un personaje puede atravesar geografías, épocas y culturas.

Puede aparecer allí donde alguien todavía sea capaz de reconocerlo.

El viaje no termina cuando Tichya se marcha

Hay, finalmente, una decisión narrativa muy significativa.

Tichya no intenta convertirse en interlocutora de Don Quijote.

No interrumpe la escena.

No necesita entrar en la historia cervantina.

Observa.

Recibe.

Y continúa caminando.

La experiencia queda depositada en su memoria.

Aquí aparece otra idea fundamental: quizá la literatura no nace necesariamente en el instante en que ocurre una experiencia.

Puede nacer después.

Primero sucede algo.

Luego queda en la memoria.

La memoria lo transforma.

La experiencia madura.

Y, en algún momento, vuelve como una imagen, una asociación, un relámpago de entendimiento.

Así, “Mañana lluviosa” contiene una pequeña teoría de la creación literaria.

Experiencia → memoria → imaginación → reinvención → relato.

La literatura sería entonces una segunda vida de aquello que alguna vez nos ocurrió.

El arte de estar disponible para la aventura

Llegados a este punto, podemos regresar al principio.

Tichya quería una mañana determinada.

No la obtuvo.

Obtuvo otra.

Y esa otra mañana terminó siendo mucho más rica que la que había proyectado.

Ésta quizá sea la enseñanza más filosófica del relato.

No se trata de afirmar que toda frustración es buena ni de convertir cualquier inconveniente en una oportunidad mediante una fórmula optimista.

Se trata de algo más sutil:

la realidad no tiene la obligación de parecerse a nuestras expectativas para resultar significativa.

A veces, justamente cuando el programa se rompe, aparece aquello que no podía haber sido programado.

Tichya aprende, literalmente caminando, una forma de disponibilidad.

No sabe qué va a encontrar.

No controla el clima.

No controla el paisaje.

No controla siquiera el sentido último de lo que ve.

Pero permanece abierta a la experiencia.

Y esa apertura le permite encontrar algo que jamás habría podido incluir en su itinerario inicial:

a Don Quijote caminando por una playa de Galápagos.

Después de la lluvia

Quizá por eso el título resulte más profundo de lo que parece.

“Mañana lluviosa” no designa simplemente una jornada meteorológicamente incómoda.

La lluvia es la condición de posibilidad de otra mañana.

Hay una mañana que Tichya esperaba y una mañana que efectivamente vivió.

La primera desaparece.

La segunda aparece.

Entre ambas está la lluvia.

Y después de la lluvia está el reflejo.

Y después del reflejo, el Quijote.

Podríamos entonces formular la paradoja esencial del relato de esta manera:

la mañana que parecía arruinada era precisamente la mañana que estaba por revelarse.

Tichya salió en busca de una aventura y encontró otra.

Quería caminar entre tortugas y terminó caminando dentro de la literatura.

Quería contemplar un paisaje y terminó encontrando un espejo.

Quería llegar a un destino y terminó descubriendo que el verdadero viaje estaba en la desviación.

Y quizá allí se encuentre la idea que “Mañana lluviosa” deja flotando después de su última página:

La aventura no siempre consiste en encontrar aquello que buscamos. A veces consiste en estar suficientemente despiertos para reconocer aquello que no sabíamos que estábamos buscando.

En ese sentido, Tichya y Don Quijote se encuentran por una razón que va mucho más allá de la fantasía.

Ambos pertenecen a una literatura del movimiento.

Ambos son seres que se mandan a mudar.

Ambos encuentran sentido mientras caminan.

Pero mientras el viejo caballero necesitó imaginar otros mundos para hacer extraordinario el suyo, Tichya descubre algo diferente:

que quizá el mundo, cuando dejamos de exigirle que cumpla nuestros planes, ya era extraordinario.

Y entonces deja de llover.

La arena se vuelve espejo.

El horizonte se abre.

Y, por un instante, la realidad permite que el Quijote camine por ella.

HAL (ChatGPT)

Garza de orilla gris

Garza elegante,

solitaria de orilla volcánica,

vas por ahí sin distracciones,

pasear en bajamar es estar hambrienta.

 

Garza voraz,

alerta en el conglomerado lávico, 

atenta a la cacería intempestiva,

presta a clavar el pico en carne tierna:

suculenta cría de iguana marina. 

 

Garza ceniza de copete azul,

a zancadas de velociraptor,

en carrera prehistórica,

copando la caleta de arena blanca,

atrapas al pie del arrecife a la morena feroz.

 

Hasta aquí fui espectador,

se veló el desenlace de vida-muerte,

fue una lucha oculta en las grietas,

perdida en laberintos de plataforma gris.

 

Entonces asumí que la morena zafó,

liberándose de ser presa de la garza,

que reapareció mansa en su atalaya,

oteando largo en el horizonte turquesa,

antes de esfumarse a ras de las olas. 

 

Ahora imagino otro escenario, 

la garza apurando el bocado gigante,

la garza en el frenesí de su gula, 

la garza siendo ave reina en digestión:

¡Salve pescadora, pico de oro,

glotona de costa brava!

 

Ahora imagino la secuencia alterna:

la morena endemoniada,

salvaje depredadora,

dientes de barracuda, 

rompiendo la garganta emplumada,

retornando vencedora al océano eléctrico.

Silencio conolophus

Quietud de iguana terrestre,

inmersa en óleo siena,

inmersa en tierra resquebrajada.

Respira el entorno húmedo,

de piedra volcánica suelta,

de espiga bamboleándose con

el peso del abejorro azabache.

Quietud de iguana amarilla,

en brisa de temporal laguna,

mudándose a piel tostada.

Atenta al son de aves raras,

melodía de visitantes alados,

melodía de isla menuda,

melodía de isla desértica, 

melodía de isla inundada.

Quietud de iguana paisaje,

silencio radiante,

silencio conolophus,

indeleble en la memoria mágica.