Volcán Antisana a la vista
Aquí una recopilación de instantáneas propias de un espectador afortunado en el superpáramo a la sombra del volcán Antisana. Las imágenes congeladas se reaniman a futuro, y despiertan expandiéndose en otro tiempo y espacio merced a la memoria mágica. Esto es convertir momentos pasados en acontecimientos renovables.
Fue una eternidad mental y física atravesar el tramo de pajonal rebozando vitalidad asociada a los verdores turgentes de almohadillas de superpáramo, avanzaba con los oídos bajó el eco metálico de la vertiente de agua fósil que aún invisible era añorada por ojos sedientos de que la música acuática se haga realidad y estalle acarreando milenios desde el deshielo incontenible de los glaciares del volcán Antisana. Apenas llegando al paraje justo amparado por la luz y la tibieza del intermezzo meteorológico en época de lluvia helada y fue cometer el ritual del montañero jovial: siesta lovochanceana al son de líquido fósil mimetizado con los jardines de altitud descendiendo a la Micacocha.
Es inexorable la desaparición de los glaciares tropicales del Ecuador y está a la vista del común mortal. Conforme tenía una visión más cercana y de conjunto del coloso andino, a quien no he visitado hace dos años y casi cuatro meses, su transformación era evidente, sensible. Alzar a ver a la cara sur disponible del volcán Antisana, ya aprovechando de la meteorología que trajo el azar, fue ser testigo de cómo se han diluido los heleros colgantes dejando una huella de roca calcinada que se asemeja al carbón. Matizando con el rostro requemado de la pared sur, el glaciar de la cara occidental era un campo blanco arrugado, penitente, sufriendo constante agrietamiento. El absoluto de las nieves perpetuas de la alta montaña del Ecuador ha caído, no de repente sino sometido a un fenómeno climático que viene de lustros atrás.
Capturé la silueta a distancia y a contraluz del único cóndor en levitación sobre mi testa, su entrada a escena fue una fiesta con fondo azul. El cóndor, acogiéndose al mínimo esfuerzo, se desliza en las corrientes térmicas sin aletear, así puede pasar horas buscando la carroña que lo exime de ser un ave de rapiña. Esta majestuosa ave trajo consigo la paradoja de ser una especie en extinción -¿serán 150 especímenes que todavía sobreviven en esta parcela de planeta llamado Ecuador?-, mientras su imagen se exhibe airosa en el escudo nacional, multiplicándose aquí y en los tantos países en los que hay representación diplomática y en particular donde habitan millones de emigrantes ecuatorianos.
Imagino al montañero de fuste y magnífico ilustrador Edward Whymper de regreso, habiendo transcurrido un océano de tiempo humano, en el superpáramo del volcán que hizo cumbre en marzo de 1880, por primera vez en la historia del andinismo ecuatoriano, preguntando perplejo: ¿Dónde están las docenas de cóndores que observé a diario suspendidos en los cielos del Chimborazo y de este desangelado cielo del Antisana? Lo cierto es que cuando Whymper estuvo por acá se alojó en los predios de la mega hacienda “Antisana” de Rebolledo, y se enteró que la sentencia de muerte contra los cóndores se había dictado en firme por los hacendados y su tropa debido al convencimiento general de que el cóndor era una ave de rapiña que devoraba animales de rebaño vivos y que dado el caso atacaba a los campesinos lanzándose a picar sus ojos. Hasta el señor Whymper creyó en esa patraña de que el cóndor era una suerte de bestia alada proveniente del inframundo. El señor Whymper fue invitado de honor a presenciar y disfrutar de una trampa montada con un caballo enfermo sacrificado por el terrateniente Rebolledo, el fin era demostrar las habilidades de los vaqueros en el arte de lacear y liquidar al maligno cóndor el momento que esté pesado por el atracón y tenga dificultades en alzar vuelo… La cosa falló, aunque se reunieron dieciocho especímenes en torno al festín fueron embestidos por los vaqueros antes de que se metan de lleno a devorar a gusto el cadáver, livianos aún huyeron rápido y fácil del lugar. He aquí la ilustración artística de Whymper que ha quedado como testimonio del hecho para la posteridad (foto JAB, tomada del libro “Viajes a través de los majestuosos Andes del Ecuador”, página 199, Ediciones Abya-Yala 1993).



