Atento al festival de zánganos polinizando la vegetación leñosa de baja altura que obsequia al visitante flores blancas y amarillas que brotan de la canícula y el añoso asfalto, de repente atrapé la imagen del lagarto Microlophus indefatigable. Esto ocurre en la cosecha de instantes para la memoria viajera y se da sobre la marcha, ya internado en los silencios y murmullos de la pista de la base aérea extinta, ya inmerso en una burbuja de reptiles endémicos que medran en el espacio-tiempo requemado que, de vez en cuando, bendecido por lluvia tropical mantiene en mínimos ralo bosque seco. Así hallé al lagarto retrepado en el tanque de agua caliente oxidado: la cosa que otrora fue útil de aseo se ha transformado en una suerte de escultura esculpida por la erosión e incrustada en el paisaje isleño, digamos que es un derecho adquirido tras ocho lustros de abandono en la intemperie. Ayer fue la captura de la imagen de la iguana, Conolophus subcristatus, beneficiándose de la sombra del tanque que la acogía; ahora es la pincelada de la lagartija de lava trepada en lo alto del artefacto-reliquia, aquí expongo su figura antes de que se hunda en la fresca oscuridad de óxido ferruginoso.