Lo que permanece de la antigua edificación de planta baja del derruido casino de oficiales se halla camuflado y en sí  incorporándose al paisaje y a la flora y fauna de bosque seco tropical de la isla de tierra colorada. Arriba está el cielo celeste jugando con nubes volanderas que de repente dibujan el avión comercial que está a punto de aterrizar en el Aeropuerto Seymour,si uno no alza a ver ni se entera, Eolo se encargó de alejar el ruido de las turbinas de los oídos del transeúnte. A menos de dos kilómetros,tan cerca del trajín de pasajeros entrando o saliendo de Galápagos,y,sin embargo,tan lejos en el tiempo-espacio que ocupa esta visita al casino que pasa de ser parte del inventario y oferta turística de las Islas Encantadas. ¿Qué tiene de alegre y conveniente esta ruina del siglo XX? Por sí misma nada que rescatar. Visto de ese modo sería inapetente andar por acá, bastaría con el trayecto de cinco kilómetros obligatorio que todo pasajero hace en bus del aeropuerto al canal Itabaca y viceversa. 

 

Vengo del “ojo de Baltra”, que es lo que aún brilla del solitario mural erosionado y esparce aires de arte Homo sapiens en los restos del bar o algo así, en todo caso darle una vuelta completa al ojo de Baltra vino a ser el aperitivo que condujo al banquete de sensaciones que es pisar diversos nichos de iguanas terrestres de Galápagos. Así doy con el espécimen que señala el camino de la rotonda y de ahí asoma la iguana tendida en la maleza amarilla que me invita a pasar al casino de oficiales de la extinta base aérea militar USA, La Roca, que funcionó en los años cuarenta del siglo XX, y se marchó invicta sin haber recibido ataques del enemigo ni haber efectuado ofensiva alguna contra el mismo enemigo. Se han sucedido décadas desde el abandono de la hueste de La Roca y, a cambio, lo que tengo a mis pies, en calidad de usufructuario, es al ser reptiliano descendiente de la iguana terrestre de isla Baltra que se salvó de perecer allá por los años treinta del siglo XX (a manos del depredador humano de turno que se entretenía cazando por deporte), gracias al traslado de especímenes que el capitán estadounidense Hancock realizó a la isla contigua, Seymour Norte.