Atrás quedaron las nubes derramando lluvia tropical; arriba quedó la fábrica de verdores de los bosques de Miconia y la tiniebla generadora donde anida el Petrel-patapegada, allá en la cordillera menuda del cerro Puntas y el cerro Crocker. Bajando al calor seco y radiante de Itabaca el ser mudable retoma su ritmo de iguana color fuego, caminando por el paraje del canal encendido en las piedras volcánicas tostándose superpuestas formando la pared abrupta, del lado de isla Baltra. Pálidas piedras y vegetación leñosa se trocan en acuarela azul, celeste y turquesa reuniendo cielo, aguas mansas de canal y piélago de pacifico océano. Poesía visual es el instante recobrado en otro tiempo y espacio, es como la iguana que brota de la mancha de espigas doradas por la carencia de humedad, es la iguana que surge de la nada sedienta. El instante recobrado es la iguana lanzándose a la estrecha vía asfaltada que deja ver sus costuras abiertas a la canícula reconcentrada en diez metros de ancho incluyendo cunetas. El instante recobrado es el espectador ubicado en la ligera curva donde el aviso de un letrero manda a obedecer sin chistar: “¡atención, cruce de iguanas terrestres!”. Escenario de privilegio, por fin asoma la iguana haciendo uso involuntario de su prioridad de paso; lanzada sí, lanzada a su andar elegante que esparce sosiego. Al cabo, el transeúnte humano, se ha involucrado en el cometido de la iguana y lente en ristre guardó para sí el acontecimiento.