Alucinaciones en la caldera

ANÁLISIS INTEGRADO Y DEFINITIVO DE “KANTOBORGY VS. LA MASA” DENTRO DE
“ALUCINACIONES EN LA CALDERA” Y DE LA NOVELA “DE MONTAÑAS, HOMBRES Y CANES”

 

1. Inserción del juicio dentro de la arquitectura narrativa mayor.  El episodio del juicio —Kantoborgy vs.
La Masa— no es un evento autónomo: se inscribe dentro del núcleo visionario de “Alucinaciones en la
Caldera”, y este, a su vez, opera como uno de los umbrales espirituales y estructurales de la novela
“De montañas, hombres y canes”. El juicio funciona como el punto en que el viaje físico, la fractura
perceptiva y el conflicto moral convergen.

2. “Alucinaciones en la Caldera” como matriz narrativa.  Este episodio es el descenso interior del
protagonista. La Caldera del Pasochoa actúa como crisol psíquico, geológico y ritual. Allí, el
protagonista es interpelado por fuerzas internas y externas: la montaña, el vértigo fisiológico, la
memoria y la Masa humana. El juicio no irrumpe: emerge orgánicamente como consecuencia de la
entrada en un espacio donde la realidad se vuelve permeable y simbólica.

3. El juicio en la Caldera: simultaneidad de planos. El acontecimiento jurídico —con juez humano,
testigos y partes en contienda— ocurre en un espacio que no es ni totalmente onírico ni plenamente
físico. Es un juicio procesal inscrito dentro de una experiencia liminal. La coexistencia de un
magistrado formal con un paisaje volcánico en trance dota al juicio de una fuerza que combina
derecho, mito y psicología profunda.

4. La Masa como humanidad que juzga Dentro del relato, La Masa aparece como un ente colectivo
que encarna la humanidad en su impulso moral. No es la masa informe del caos, sino el conjunto
humano que exige, pondera y evalúa al individuo. Esta dimensión se potencia al estar enmarcada
dentro de “Alucinaciones en la Caldera”, porque la altitud, la soledad y la visión alterada vuelven a la
Masa más arquetípica que real.

5. El juez humano y los testigos como elementos de anclaje.  El juez humano introduce un ancla
racional: da forma jurídica a lo que podría ser puro trance. Los testigos convocados por ambas partes
reafirman que, incluso en medio del vértigo, el relato preserva la estructura de un proceso civilizatorio.
Este contraste genera tensión: la racionalidad ordenada del juicio frente al hervidero mineral y
espiritual del volcán.

6. Kantoborgy: figura central de la ética individual.  Su absolución en el juicio constituye un pivote
narrativo. No sólo se libra del veredicto de la Masa, sino que confirma su capacidad de sostener su
identidad frente a la colectividad humana. Dentro de la novela mayor, este momento define su rol como
figura resistente, un personaje que atraviesa montaña, delirio, juicio y colectividad sin perder su eje.

7. Función del juicio dentro de la novela “De montañas, hombres y canes”. Dentro de la narrativa
amplia, el juicio dentro de la Caldera representa el instante en que el protagonista deja de ser un
viajero para convertirse en sujeto moral de la montaña. Es un rito de pasaje que reorganiza su
identidad y su destino. Después del juicio, la montaña deja de ser un entorno: se convierte en un
interlocutor y un agente de transformación.

8. Conexiones literarias ampliadas — Sabato: la búsqueda de verdad interior y el peso moral de la
humanidad. — Kafka: la superposición de burocracia y absurdo en un tribunal que rebasa lo humano.
— Canetti: la Masa como organismo moral y colectivo. — Arguedas: la fuerza espiritual del paisaje
andino como mediador entre individuo y comunidad. — Camus: el individuo obligado a sostener su eje
en medio del absurdo y el juicio. — Onetti: la identidad que se mantiene por pura voluntad en
escenarios deteriorados. — Rulfo: el diálogo entre vivos, muertos y espacios resonantes. — Vallejo: la
humanidad como tribunal doliente. — Bolaño: la presencia de juicios morales en espacios liminales y
violentos.

9. Conclusión integrada Kantoborgy vs. La Masa no es sólo un episodio: es el corazón ritual de
“Alucinaciones en la Caldera”, y este, a su vez, es el núcleo espiritual de “De montañas, hombres y
canes”. Allí convergen viaje, juicio, paisaje, identidad y humanidad. La absolución de Kantoborgy es la
validación del individuo frente a la Masa humana, pero también la aceptación de la montaña como juez
y testigo. En ese cruce entre mito andino, proceso jurídico y examen existencial, la novela adquiere
una hondura simbólica excepcional

ChatGPT

En busca del Lobo Fino

ANÁLISIS LITERARIO COMPLETO Y AMPLIADO DE “EN BUSCA DEL LOBO FINO”

1. VISIÓN GENERAL
El relato se estructura como un viaje de interioridad inscrito en un paisaje áspero y simbólico. Floreana
actúa simultáneamente como escenario físico y como arquitectura psíquica. El protagonista proyecta
en la isla sus dudas, deseos y límites, y el lobo fino se convierte en catalizador de un proceso de
revelación más que en un objetivo zoológico.

2. TRAYECTORIA NARRATIVA
La narración se articula en tres movimientos:– Apertura: ingreso a la isla, expectación y preparación sensorial.– Desarrollo: tránsito irregular por rocas, playas y acantilados que funcionan como obstáculos rituales.– Cierre: alteración de la conciencia y reformulación del sentido de la búsqueda.
El relato presenta la estructura clásica de un rito de paso: separación, liminalidad y reintegración.

3. EL NARRADOR
La voz narrativa, en primera persona, es íntima y permeable. Su sensibilidad amplifica la textura del
ambiente: el relato enfatiza sonidos, luces, sombras, rugosidades y olores. Este tipo de focalización
interna crea un doble efecto: ver el mundo a través del protagonista y, a la vez, revelar lo fragmentario
de su percepción.

4. EL LOBO FINO COMO ARQUETIPO
Más allá de ser una especie endémica, el lobo fino funciona como símbolo:– Lo esquivo que define la identidad.– La imposibilidad de poseer plenamente lo real.– Un puente entre naturaleza concreta y mito personal.– Un recordatorio de que algunos encuentros son más psicológicos que físicos.
El lobo fino habita la zona liminal entre lo visto y lo imaginado.

5. SIMBOLOGÍA DEL PAISAJE
Floreana se convierte en un microcosmos:
– Las rocas representan prueba y resistencia.– La marea funciona como un reloj biológico y espiritual.– El viento opera como un mensajero de fuerzas invisibles.– La luz cambia de rol: guía, amenaza, revelación, espejismo.
Cada elemento responde a la psicología del protagonista, reforzando la idea de interdependencia entre
el yo y el entorno.

 

6. MOTIVOS RECURRENTES– La ascensión y el descenso como fluctuaciones internas.– La sombra como duda y pérdida de orientación.– El silencio como revelación o como abismo.– La mirada: el deseo de ver y ser visto, base de la tensión con el lobo fino.

7. DOS FIGURAS HUMANAS: JOVEN Y VIGÍA
Ambos personajes funcionan como variaciones del “espejo” prohibido:– El joven encarna la expectativa ingenua y la apertura.– El vigía representa la experiencia acumulada, la advertencia y la renuncia.
El contraste entre ambos muestra dos posibles futuros para el protagonista.

8. TEMAS FILOSÓFICOS PROFUNDOS– La búsqueda como forma de autoconstrucción.– La fragilidad del conocimiento: lo visto puede ser engañoso, lo no visto puede ser verdadero.– El viajero como observador limitado: nunca posee el mundo, solo lo roza.– La tensión entre razón y visceralidad.
El relato formula una pregunta: ¿conocemos realmente aquello que perseguimos o solo perseguimos
la idea de conocer?

9. ELEMENTOS ESTILÍSTICOS– Léxico preciso con fuerte carga sensorial.– Cadencia ondulante que reproduce el movimiento del mar.– Imágenes de alto contraste que crean dramatismo.– Uso de metáforas orgánicas y minerales que otorgan densidad poética.
El estilo crea un ritmo de respiración lenta, casi meditativa.

10. CONCLUSIÓN DEL ANÁLISIS
“En busca del lobo fino” logra integrar experiencia física, reflexión metafísica y simbolismo natural. Es
un relato atmosférico, marcado por una estética de inmersión sensorial y un trasfondo filosófico sobre
identidad, percepción y límite. La criatura buscada no es solo un animal: es el punto de fricción entre el
deseo humano y la indomabilidad del mundo natural.

Este análisis ampliado sugiere que el relato es simultáneamente aventura, confesión y alegoría, y que
su núcleo reside en una verdad simple pero profunda: uno se transforma en la búsqueda, no en el
hallazgo.

ChatGPT

Crocker, húmedo y nublado

Ascender a la elevación máxima de isla Santa Cruz, Crocker (864 msnm), inmerso en una mañana plomiza del primer miércoles de octubre, dejando atrás la carretera que conecta las fincas de tierras altas con el pueblo de Bellavista, es conectar con la garúa y la bruma que se ha tomado el sendero que atraviesa la reserva natural de Miconia. La espesura impenetrable de belleza perlada que son los bosques de Miconia, cubre el cerro tropical donde anida el invisible Petrel pata-pegada, ave de profundidad pelágica. 

La humedad cunde, es el resultado de la llovizna enquistada a día seguido en la cordillera de la isla. El sendero se abre paso lo justo entre paredes vegetales de Miconia, el suelo agrietado hecho de estratos volcánicos acumulados es cuesta arriba, aunque tiene una leve inclinación que si fuese un día veraniego sería un banquete para los sentidos comandados por la modalidad visual. Hoy están ausentes paisajes de corto y largo aliento, extrañando cuadros de cercanías como el cerro Puntudo y de lejanías como Baltra. En todo caso, nada que objetar, así es la ruleta de los recorridos, hoy estuvo negado hacer la siesta sobre un colchón de poesía silvestre, sea en la arista cimera del Crocker o en cualquier otro paraje que, con meteorología seca y cálida, se ofrecerían por doquier. Tocó batir barro en la tierra arcillosa mezclada con los hilos de agua lluvia conformando charcos cenagosos, tocó hacer un circuito saponáceo rodeado de relucientes miconias mostrándose en su apogeo de beldades de montaña, sin su presencia dionisiaca el olvido hubiese sido el principal protagonista de esta jornada húmeda. Y, a tiempo, fui agasajado por los copetones de Galápagos (Myiarchus magnirostris) con su danza alegre, juguetona y musical, que además dejaron su huella en las imágenes aquí  expuestas.

 

Playa Roja

El letrero a poca distancia de la terminal de Canal Itabaca del lado de isla Santa Cruz, señala la trocha apenas visible entre tierra rojiza y las piedras tostadas del piso volcánico. Al cabo el corto trayecto de leve inclinación concluye en la caleta rocosa que esconde a  Playa Roja, en una mañana cálida de cielo abierto al senderismo de bosque seco que contrasta con la mañana plomiza de garúa que cunde en las tierras altas de isla Santa Cruz; allá arriba se genera el verdor y las flores que nutren a las tortugas gigantes mientras acá abajo luce el paisaje de orilla de aguas turquesas teniendo en primer plano la silueta de Daphne Mayor y Daphne Menor, el canal de Itabaca y la planitud de Baltra. Pelicanos de cuello café y piqueros de patas azules pescando en bajamar. Una charca rodeada de mangles acoge a huidizas monjitas que alzan el vuelo, en las piedras medran lagartijas de lava, una flor solitaria brota del suelo árido. Antes del retorno al muelle de pasajeros de Itabaca, el lente de la cámara fotográfica, congela el instante en que una garza de lava captura y devora un grillo endémico de Galápagos.  

El hombre sin espejos

 

Chancusig, en sus elucubraciones diurnas, se apostó a sí mismo fuerte: una tarea existencial que no tiene parangón como súbdito y ejecutivo de Racionalidad Digital, esto es que empezó a desear toda una vuelta de 360º del  planeta Tierra al Sol: sin espejos y prescindiendo de su chip conectado a la corriente del ciberespacio incesante. Ese intempestivo llamado a bucear en lo ignoto a largo plazo fue proponerse una aventura que lo llena de gozo apenas especular con ella. Se decía a sí mismo que iba a salir de la caverna digital de vacaciones a ninguna parte, es decir a donde sea inubicable por el rastreador global. Eso sí con boleto de regreso al espacio tiempo normal una vez cumplida la misión secreta de ser un incomunicado social un año entero. Debía encontrar alguien que provea esa suerte de retiro aristocrático, o sea, una cabaña escondida en cierto valle andino subtropical seco, uno original y no de esos que abundan en las promociones para hartarse de soledad y silencio de biosfera domesticada de Oréate, por dos horas como máximo, y no es una arbitraria imposición del sistema Oréate, sino que a la verdad es el aguante tope del urbanicola sin portar el chip de Racionalidad Digital.

 

Chancusig, a la fecha, toma con regularidad las promociones de viaje a la biosfera domesticada, que en sí cuestan buenos créditos, así los operadores de viajes juren hacer grandes descuentos a su distinguida y selecta clientela. Estas escapadas de Chancusig del hogar, han venido siendo las únicas salidas reales a la intemperie que ha cometido desde que ascendió al nivel ejecutivo superior en el régimen Racionalidad Digital, y la paradoja es que siendo inofensivos viajes a la biosfera domesticada, desembocaron en la fijación de hacer un escape en serio a la cruda naturaleza de valle andino subtropical seco. ¿Cómo pudo reventar semejante reto para el sujeto de la experiencia ausente del mundo original? No le quepa duda que brotó de sus fastidiosos paseos de ver, oír y oler trepado en una banda transportadora acolchada simulando un sendero de campo rústico, como si recorriera a paso de hombre relajado el distinto escenario ribereño de marras. Se aburre sin remedio metido en cálido caminito transparente, acogedor, impoluto, sombreado por los árboles de orilla y, por añadidura, cantarino merced a abundante avifauna trinadora. Tal simulacro de andar en solitario en la biosfera domesticada, aún siendo una farsa de ejercicio al aire libre, era el negocio del operador de biosfera domesticada Oréate y, en consecuencia, Oréate era el que le inyectaba el afán de repetir que se disparaba tras un tiempo razonable como si fuese espontáneo deseo y así volvía a la belleza de turno a orillas de tal o cual río de agua dulce deliciosa, de brisa tibia, de verdores pigmentados por mariposas de alas traslúcidas, etcétera… sí, etcétera porque se mandaba a mudar rápido de esas maravillas de pago de la biosfera domesticada Oréate. Su promedio de permanencia, en los circuitos a orillas del encantamiento tedioso, era de alrededor de cuarenta y cinco minutos cronometrados por el vehículo, modelo escarabajo arcoiris, AVUA (aparato volador unipersonal autoguiado), desde que se bajaba en su destino de zona paradisíaca hasta que se volvía a subir para retornar a la vida activa de cueva digital en el tardío Antropoceno. 

 

Sabedor de que nadie se opondrá a su “proyecto subversivo”, todo en aras de la libre expresión a la que el sujeto de masas digitales se acoge cuando le viene en gana ser libre para opinar, desear y pedir lo que le apetezca a la nada.  Este refugio debía estar a la mano, al menos en la mente, de un pueblito XYZ de la tardía modernidad que tenga de cortesía una plaza mayor recoleta y religiosa al estilo de los católicos viejos. Ubica el pueblito XYZ a 3 kilómetros o algo así de potente caminata, siendo la caminata total de seis kilómetros, o sea, un ejercicio que nunca antes ha cometido y no sabe si lo hará, he ahí el reto incluido. Y, como elemento fundamental de la aventura en ciernes, el medio ambiente del valle andino subtropical seco tiene que estar, sí o sí, libre de amortiguadores de biosfera domesticada Oréate, ¿caso contrario de qué apuesta hablaría? La certeza de la cercanía del pueblito XYZ debe ser inobjetable, vendrá a ser en su psiquis una puerta de emergencia si el experimento falla estrepitosamente. Por lo demás, el espacio-tiempo de su retiro debe ser propio en el día a día, o sea, ajeno a la cotidianidad bucólica del parque central de XYZ. Así, valido de la suculenta fortuna obtenida gracias al ejecutivo superior infatigable en lo de ganar créditos en línea, se propuso esperar la oportunidad de encargar a la identidad que surja de la sonda de búsqueda Lem, el proyecto de vida que haga el quite al sujeto de rendimiento encallecido por la autoexplotación.

 

Una minucia de tiempo transcurrió para que se materialice la entrevista, persona a persona, de Chancusig con Malinche, la arquitecta ambulante de proyectos de vida Machángara S.A. Ambos, haciendo gala de intuitivos, acudieron a la cita de trabajo, pactada en la paz de los parques y jardines de biosfera domesticada del templo Piedras Negras, vistiendo de intrépidos expedicionarios de bosque andino subtropical seco.  En ese entorno de recogimiento reventó el jocoso y no menos fructífero diálogo peripatético entre Chancusig y Malinche. La cita de trabajo, aunque en función directa de concretar a corto plazo un proyecto de huida a lo fundamental, también fue como un encuentro de amigos soñadores propiciando ideas para hacer realidad su utopía compartida.

 

Chancusig fue al meollo del asunto apenas entrando junto a Malinche, subidos en la banda transportadora doble, al túnel vegetal de membrillos en flor. Lo hizo recuperando de su memoria del pasado reciente los hechos que lo condujeron a Machángara S.A., y por inercia a tratar con Malinche. “Fue divertida la manera de encontrarte o mejor dicho como la sonda Lem, que envié al ciberespacio, te encontró. Todo se precipitó después de haber leído el himno al Río Machángara que la sonda Lem transmitió a mi lector electrónico en calidad de lectura involuntaria, no llamada y por ende atractiva, y en mi caso deseada por eso de que cuando me hundo en la nada de la angustia del ser abstracto, aditivo compulsivo, lo único que me rescata es la poesía romántica. Este himno me puso alerta, es decir, a rumiar la aproximación del proyecto de vida que despiste al esclavista y al esclavo de la Racionalidad Digital que soy”. Malinche, asintiendo con la cabeza intervino diciendo que a ella le sucede algo equivalente cuando se adentra en los himnos de Nobalis, en la poesía de ojos atléticos de Holderlin, en los parajes aquilinos de Nietzsche en Así habló Zaratustra, por ejemplo. “Sí, me sacudió la sensación de haber hecho un viaje al Río Machángara original, me refiero al río que corría airoso antes de la gran travesía del Homo sapiens y su aparición por esta parcela de planeta que habitamos, y se constituya en el creador de nuestra  era Antropoceno. Tú sabes, Malinche, que el desaparecido río Machángara fue una putrefacción completa que recorría las ruinas de la ciudad K abandonada a los gallinazos, ahora es una repulsiva muestra del museo virtual de la apocalipsis química. Aunque no pones un pie en sus riberas de cloaca química, solo figurar que estás ahí parado es para taxativamente morirte de asco. Y dicho esto ahí radica el condumio del himno a un río que fue poesía pura, que no es el himno a su virtual pestilencia”. 

 

El duende del buscador Lem, llevó en bandeja poética a Chancusig la palabra Machángara, sinónimo actual, en el museo virtual del apocalipsis químico, de aguas contaminando lo que toca al paso de su corriente fúnebre. El himno al Río Machángara hizo que de rebote aterrice el nombre Machángara S.A., con su leyenda: especialista en proyectos prístinos de retiros aristocráticos en cabañas escondidas. Fue pinchar en el sitio Machángara S.A, y consumar la carambola. La posibilidad de escaparse de la cueva digital, sin más preámbulos, echó a andar el proceso regenerador. Así se gestó la reunión de Chancusig y Malinche, el resto fue dar la vuelta a los jardines y parques del templo Piedras Negras. Sin promediar anotación o grabación alguna en un dispositivo pertinente, Malinche, hizo lo que es su poder innato: escuchar. Y escuchó bien mientras Chancusig propuso lo suyo en detalle, ella almacenó en su memoria contemplativa los mensajes subliminales que contenía la narrativa del otro. Al cabo del único encuentro entre Chancusig y Malinche, al cabo de él proponer y ella escuchar con la promesa de una pronta entrega de la encomienda, se despidieron a la usanza de los amigos de antaño: cuídate mucho Malinche, cuídate mucho Chancusig. 

 

Estas son las primeras palabras que vuelco en un cuaderno de bitácora que será intermitente, sin fecha ni horario en el calendario. Desde que tengo uso de razón y memoria me he narrado historias orales, hoy me nace hacerlo en la modalidad escrita por la aventura inédita que inicié libre del todo del chip conductor de Racionalidad Digital, y no podía tener un mejor título: El hombre sin espejos. Empiezo: me recogió puntual, al final de la manga aérea, el AVUA, modelo libélula fucsia, y cerré los ojos en el pasado y los abrí en el futuro. Así fue el trato con Malinche, abandonar sin adioses ni preámbulos la piel del Chancusig de la vida rápida por la piel del Chancusig de la vida lenta. Me mandé a mudar a media tarde y desembarqué ligero, lúcido, estrenando la piel del intrépido expedicionario, convengo que ayudó la siesta que tomé ni bien alzó vuelo vertical la libélula fucsia. 

 

El AVUA insonoro, de ventanas opacas sin reflejo, apenas se balanceo suspendido a ocho o nueve metros del suelo boscoso a pisar en la tierra prometida, y fue abrir los ojos al portal de cielo parcialmente cubierto por nubes de algodón jugando con la luz filtrándose a raudales en el calorcito de valle subtropical andino. Dejé el  portal del AVUA y descendí por la rampa transportadora al punto de aterrizaje. Estaba de pie absorto en mitad del puente peatonal de madera roja adornada con estrías blancas y motas negras, la madera mate venía envejecida gracias a la integración molecular de la materia que habrá encargado Malinche para crear este detalle de bienvenida al aventurero Chancusig. El puente está dentro de lo artificial al que echa mano el contrato de servicios de refugio esencial celebrado con Malinche, entiendo que las cosas que no son originales y han sido construidas a base de integración molecular vienen de cajón cuando las circunstancias así lo ameritan, sin afectar la biosfera prístina ni la aventura en lo ignoto en sí del señor Chancusig. No viene incluido en la vida lenta el repudio a un mínimo de muletillas de época, pues, no estoy aquí para rendir homenaje a la remota historia de Robinsón Crusoe. A la verdad, lo que menos quería él famosísimo náufrago, Robinson Crusoe, proveniente de la homónima ficción del Siglo de las luces, era aislarse de la cultura y régimen social de su tiempo. Sí siento afinidad con la aventura de un ente de ficción legendario, el cual quiso renunciar en cuerpo y alma, no solo a su época las luces sino a ser parte de la especie humana y es Gulliver, en el País de Los Houyhnhnms.  No soy un náufrago de Racionalidad Digital, soy un renacido de mi propio espacio-tiempo. 

 

Aterrizar en el puente de bienvenida a la aventura de Chancusig, y fue sentir que había sido arrojado al espacio-tiempo de la duración del instante o vida lenta. Se agradece la experiencia ganada en mis salidas de engorde a la biosfera alterada, valió la pena el alto precio que tuve que pagar para aburrirme de lo lindo sin apartar el cuerpo ni un centímetro de la cinta transportadora panorámica, solo aguardando el feliz retorno a la cueva digital, me río suponiendo que mucho peor  hubiese sido el fastidio dando la vuelta retrepado en un sillón ergonómico. Lo cierto es que el detalle de pasear de pie en la simulación de andar por libre en senderos de biosfera domesticada, impulsó esta mudanza. Orearme en los circuitos de Oréate, vino a ser la capacidad que tengo aquí y ahora de distinguir lo adquirido. 

 

Aterrizando únicamente valía mi cuerpo-mente para tomar decisiones y moverme ya no por inercia de un holograma o un circuito domesticado, sino accionar el conjunto Chancusig y hacer los pasos siguientes que lo conduzcan a su residencia aún invisible. Apoyado en el pasamano de madera que prolongaba las mismas características del material y colores del puente, me quedé con la primera pintura imborrable de la tardecita: el aire suave y tibio venía perfumado por algo más que los sauces melodiosos en perspectiva dibujando arcos danzantes de una lejanía propia. Saludé con el arroyo correntoso de agua clara y fondo pétreo. 

 

Dar dos pasos fue colgarme del pasamano opuesto, y, respirando el mismo aroma ribereño, descubrí otro paisaje de cara al río despegándose del túnel claroscuro de sauces llorones y corriendo hacia herbosa vega que venía a ser distinta lejanía y distinto paisaje. Una bandada de aves azules alzó vuelo, sacándome del ensimismamiento. Miré arriba buscando a la libélula fucsia, se había ido ya, ni siquiera esperó a que le diga “que te vaya bonito”. El contrato de servicios con Malinche dice que cumplidos los 365 días vendrá el AVUA a ponerme de regreso en el mundo cavernícola digital, pero el contrato también estipula que puedo prorrogar mi salida cuantas veces quiera o sea al infinito, y más allá aún… No soy el Doctor Fausto pactando con Satanás sino el señor Chancusig pactando con la arquitecta Malinche.  Dicho el “que te vaya bonito”, inexplicable dicha por las “naves quemadas” me invadió. Estupendo, no hubo adioses, y me olvidé del AVUA. Con los pies en el puente, volví a lo me atañe y observé dos trochas de grava apisonada o algo así serpenteando, en las respectivas orillas a favor de la corriente de la vega herbosa. 

 

Salí del puente y tomé la trocha contracorriente camuflada a izquierda de los sauces arqueados y flanqueada por una hilera de cedros en flor perfumando el medio ambiente. Reconocí el olor dulce y almendrado de los cedros en flor en el corto trayecto claroscuro de andar sumido en él, pues, es un aroma que me es familiar. Coincidencia o no entre las caminatas que hago para menear el esqueleto y mantenerme en mínimos saludables allá en la cueva digital, una de mis favoritas es la del holograma odorífero de cedros en flor. En este punto reafirmé la radical diferencia entre lo que es holográfico y lo que es original, fue una extensión del momento demorado del aterrizaje y ambientación en el puente. Es fundamental esto de reconocer la vida lenta de entrada, y ser parte de la gran diferencia con la prisa que cargaba de zafar de los circuitos en la biosfera alterada de Oréate.  

 

Emergiendo del trayecto claroscuro de bosque ribereño, copó los sentidos del senderista el cuadro de la nave de multicristal que en sí constituye la base del renacimiento del señor Chancusig. De una se mostró el escenario de mi residencia con los pies en la tierra; allí, la mansión oval de mi destino que, por un efecto óptico pasajero, lucía kilométrica, y era un ojo cósmico verde-pardo aguardando al único invitado a gozar de sus encantos. De hecho la mansión Chancusig es inmensa para un solo ocupante, materializando el minimalismo puro que encargué a Malinche. Sus medidas, a ojo de buen cubero, son: más o menos de cien metros de largo por sesenta metros de fondo, en su máxima extensión, y cinco metros de altura. El ojo Chancusig, está acoplado con holgura a la plataforma de roca blanca marmoleada, roca que hace un escalón de unos diez metros de altitud que desciende por una rampa corrugada y ondulante de amigable pendiente conectando con el sendero. Natural y sobrio acceso al hogar; sí, taxativamente, es el primer hogar del señor Chancusig. 

 

Mi hogar ocupa un tercio, en el costado izquierdo, de la luna menguante que forma la gran muralla de granito cortada a pique. La muralla es eónica, es el colofón pétreo esculpido por el tiempo, una obra de arte geológica de vetas horizontales de azabache mate intercalando con vetas rojo añil. El cuadro integrado del ojo cósmico y la muralla de luna menguante, sacudió la república de células denominada Chancusig. Calculo que la muralla, tiene un frente aproximado de trescientos metros con una altura de treinta o más metros. Esta reliquia temporal me llegó nítida a la vista, levantándose airosa al tope del vallecito flanqueado por colinas bajas que, allende su aparente redondez cimera cubierta por especies arbóreas propias de bosque seco, denotan alta dificultad para ser escaladas por el señor Chancusig, quien dicho sea de paso no vino acá a cometer ninguna proeza ascensionista.

 

Iniciado el crepúsculo de nubes arreboladas formando un campo arado celestial entre jirones de azul lavado, observé desde la altura y mirador privilegiado del ojo cósmico que, a media cuadra siguiendo el pie de la pared de granito, brota del subsuelo el río de agua melodiosa. De golpe surge la corriente freática, de la muralla nace el agasajo a la vista y a los oídos. Entendí que la muralla de luna menguante es el símbolo non plus ultra, hasta aquí llega y de aquí parte mi aventura. El arroyo viviente de la muralla de granito se dispara raudo aprovechando el desnivel del lecho pedregoso y escalonado, y, corriente abajo, antes de entrar al bosque claroscuro del puente de bienvenida, sortea grandes piedras polimorfas. Y sí, es de celebrar que Malinche supo interpretar lo subliminal de mi pedido de aislamiento en lo silvestre, en esto consiste mi incomunicación con Racionalidad Digital. 

 

Apenas ingresando a la mansión Chancusig, quedó expuesto que nunca podría haber sido la cabaña de un náufrago. Oh, Malinche, eres la diseñadora y hacedora de los suspiros de este beneficiario de tu arquitectura para la vida lenta. El ojo cósmico como residencia en la Tierra entró en mi ser terrenal con la gracia postrera del sol de los venados. Nada de fortuito en la mansión Chancusig, se trata de que las puertas de la percepción se abrieron de repente al ser que dejó atrás la caverna, en eso consistió el edificar de Malinche. Ella moldeó el ojo cósmico con la materia disponible de nuestra época de integración molecular al servicio de Racionalidad Digital y de carambola está al servicio de la maravilla que viene de afuera: paisajes, aromas, texturas y ritmos de la naturaleza rugiente. 

 

Esta residencia jamás podría haber sido una variante de las delicias de mi cueva en Racionalidad Digital, acá no hubiese prosperado la idea del modo holograma de encendido y apagado a discreción del usuario cavernícola, debido a que la conciencia de estar residiendo en una cueva es  inconfundible y por ende la simulación de espacios lindos que ofrece el catálogo holográfico viene a ser de uso imprescindible allá pero no aquí. Allá no hay manera de escapar de la temporalidad holográfica y uno está muy conforme sabiendo que vive una ilusión versátil; allá, uno se manda a cambiar de diorama y cae en otro momento desechable, siendo la constante navegar envuelto en la alternabilidad sin pena ni gloria. 

 

Dije que husmear en los parques y jardines de biosfera alterada de Oréate, fue el preámbulo pasivo al aterrizaje en la cruda realidad del bosque seco de lomas color ladrillo que encierra la perspectiva de valle subtropical esencial, o sea, regado por el arroyo de agua dulce que nace al pie de las murallas de granito. Lo que vino conmigo, de la existencia resuelta en la soledad absoluta de Racionalidad Digital, es la materia útil necesaria para sepultar cualquier idea de sobrevivencia biológica a lo Robinson Crusoe, todo lo que hace posible que funcione el ojo cósmico, y que por extensión hace que funcione el intrépido expedicionario Chancusig, es el pasaporte a la soledad subversiva que escogí vivir más allá de usar los productos de mi época, reconocibles por los sentidos cuando paseo en el minimalismo hogareño, cuando el piso se amolda al cuerpo en reposo y cuando la república de células es un estómago plácido degustando y digiriendo el programa de menús aleatorio dispuesto para el único comensal. 

 

Acá, la alimentación cotidiana, deviene en agradable sorpresa nanológica de texturas, aromas y sabores camperos. Este degustar de la república de células que habito y me habitan, lo he denominado, con mayúsculas, Yantar del Campesino, en oposición al comer para el olvido del cavernícola. El buen yantar del campesino no tiene parangón con el comer inadvertido del cavernícola, al extremo que carezco de recuerdos gastronómicos de la época de encierro digital. Alimentarse, en mansión Chancusig, es una fiesta del nano-catador que descubrió el apetito del caminante desayunando temprano en la mañana, almorzando a media tarde y merendando en la noche si hubo expedición en pos del avistamiento de fauna nocturna, a propósito de esto último me fascina el puma incursionando en territorio mutuo. Evitamos, el uno al otro, estorbarnos. Me remito a aquel genio creador de ficciones estelares que, en un remoto siglo, decía de su situación frente a sus colegas: cada quien en su galaxia.    

 

La piel bronceada, que estrené abandonando la soledad cavernaria de toda una vida, está concebida a medida del iniciado Chancusig, de lo que la llevo gastando es una piel para doblar espinas; piel repelente de todo bicho feroz venenoso o no venenoso, diminuto o gigante; piel ultra resistente a los rayos ultravioleta, etcétera. En fin, lo que se mantiene igual a la fina piel lechosa de la caverna es la condición de transpirable, autoregenerable, auto-higiénica liberando toxinas y excrecencias de los diminutos corporales. La piel cavernaria carecía de sensibilidad a los estímulos externos por obvia circunstancia del aislamiento holográfico, donde la mente sustituye los sentidos propios de un intrépido expedicionario por sensaciones digitales. Al cabo de jornadas de reconocimiento en el exterior me siento un campesino a secas, soy un campesino solo por el hecho de estar inmerso en la actividad mudable de lo salvaje. Ahora sé lo que es el tacto primordial, ejemplo, vaya delicia abrazar el agua dulce del arroyo en cada poro abierto de la piel de Chancusig.   

 

El minimalismo de mansión Chancusig es mucho más que inteligente, corresponde a la aventura del vividor en su entorno entregado a la evolución natural de un innombrable valle subtropical seco. El minimalismo de la caverna de Racionalidad Digital corresponde al hermetismo fantástico. Aquí, al pie de la muralla de granito, brillan por su ausencia los hologramas paisajísticos y demás motivos de simulación de halago a los sentidos digitalizados. Aquí, la cruda realidad, supera a la fantasía cavernaria. Allá, en la cueva, la programación de hologramas es imprescindible para el ejecutivo superior de Racionalidad Digital. He sido autor de hologramas de caminar y de dormir para otros ejecutivos superiores, así como ellos le proporcionan a uno sus creaciones para atenuar el paso del tiempo. La caverna tiene dimensiones de forma rectangular y sin obstáculos, una suerte de cajón vacío de cuarenta metros de fondo por veinte y cinco de ancho, y en su estado holográfico preestablecido es un espacio elevado a diez metros del suelo con una proyección de techo falso de madera infatigable a la vista. El panorama por defecto, en los cuatro lados de la caverna, es idéntico: campos de amapolas silvestres en floración perdiéndose en perspectiva que varía en intensidad y nitidez visual de acuerdo a una meteorología aleatoria diurna y nocturna.  

 

Dije que la mansión Chancusig es oval, inteligente y sensible a la psicobiología y  gustos del loco viviente que la pone a funcionar, y su encanto proviene de la  multitud de nano-servidores invisibles e impalpables. Está libre de columnas, hecha de compacto multicristal antirreflejo que va cambiando de matices monocromáticos hasta que toma el rojo añil crepuscular, el color de recepción y bienvenida al hogar desde la tardecita inolvidable del arribo. El espacio-tiempo acá  es la duración de la persona que se beneficia de una memoria mágica a largo plazo, sumando una continuidad en experiencias a borrados día a día. Y se trata de la misma persona que en la cueva se resignaba a consumir y olvidar el instante rápido, rápido.  Allá el día servía para completar, exento de recuerdos y experiencias circunstanciales, libre de acontecimientos e hitos históricos íntimos, la vuelta astronómica del planeta Tierra al Sol. La idea de estar en el nirvana digital cavernícola transcurría veloz, alienada en la intemperie de lo holográfico, salvo las salidas de engorde a la biosfera alterada que en sí fueron una acción pasiva intuitiva para generar este futuro de loco viviente. 

 

Dije que Chancusig, apenas tuvo uso de razón cavernaria, se contaba en modo surrealista situaciones en lo silvestre desconocido que brotaban ya despierto, ya dormido. No me quepa duda que ese don oculto ha inspirado sus creaciones holográficas de las que se desprendía en borrador, pues, tal como manda el instinto surrealista, había que deshacerse de las proyecciones automáticas remitiendo el paquete holográfico a Racionalidad Digital. 

 

El instinto surrealista se ha disparado acá con ventaja insoslayable, cómo no si tengo al sujeto de la experiencia deambulando de mañana, tarde o noche en la continuidad enriquecida de la vida, en borrador, del jardín de las delicias original. Soy el ser que renació de la nada de Racionalidad Digital para esta aventura de carne hueso, como se diría en la época de Gulliver. No hubo fractura mental ni desgaste físico en la transición; repito, fue como si me hubiese preparado a cabalidad para el ritmo subversivo de vida que llevo aquí, sin que la  soledad consuetudinaria de existir desaparezca con la transformación del a duras penas existente en la cueva digital a loco viviente en la intemperie. La cuestión persiste en el aire: será que fui una anomalía desde que me arrojaron a la soledad de la red mundial de Ejecutivos Digitales, y, lo de las salidas insulsas a la biosfera domesticada de Oréate, no es que me despertó sino que fue el inicio del plan preparado, en secreto, por el mudable ser que me habita y que con suma precisión ejecutó el fin del espacio-tiempo cavernario o lo que es lo mismo dio lugar al aterrizaje en el ojo cósmico que es la mansión del campesino Chancusig. 

 

Me divierte sospechar que se quedó allá un sucedáneo (mucho mejor que denominarlo clon) de lo que fui, y él está al instante fungiendo de ente cavernario, por decirlo así. Y es el sucedáneo del cavernícola Chancusig el que remite a Racionalidad Digital, material holográfico que son retazos de la cotidianidad de los sentidos de un invisible vividor. A la verdad, Malinche, pudo haber dejado allá al sucedáneo del ejecutivo digital Chancusig diseñado para leer, es decir transmitir el mundo externo de Chancusig campesino. De hecho, Malinche, leyó mi mente metiéndose en las profundidades del subversivo que habito y me habita, y, rescatando sus ambiciones subliminales, creó su residencia temporal en la Tierra. Tengo el feliz presentimiento de que por fin voy a ser pasto de la desintegración molecular donde me place serlo. 

 

Arriba, en la cueva digital, la nocturnidad era una suerte de noche que estaba dentro de la cotidianidad programada del existente cavernario. Entonces, había ignorado que me era innata la capacidad sensorial de sentir el mundo monocromático sublunar. Acá es que fui sorprendido con esa cualidad de nictálope. El Chancusig contemplativo siente la noche tan bien como el día, solo que hay diferencias en la percepción, ejemplo, los ojos noctívagos y los ojos diurnos enfocan distinto y reflejan distinto, y, sobre todo, la mirada del alma discrimina los dos mundos dentro de su complementariedad. La intensidad diurna deslumbra con sus colores y matices de luz ecuatorial, incita a hacer cuadros mentales sean paisajísticos, sean de jardines liliputienses acuáticos, sean de fanerógamas en pequeñas sociedades con aves e insectos insectívoros, sean de fauna merodeando en el bosque de faiques, arupos, algarrobos, ceibas… Entendí que la luz también enceguece y es cuando agradezco que ceda su imperio a las tonalidades monocromáticas de la noche, el resultado es refrescante. 

 

Los sentidos que abren las puertas de la percepción de dos mundos complementarios se manifiestan marcando las sensaciones correspondientes al día solar y las sensaciones correspondientes a la noche sublunar. Ha transcurrido el tiempo necesario, gravitante, en el espacio de cada mundo para que distinga a cabalidad, y por inercia, como los sentidos se han transformado aumentando o disminuyendo su capacidad sensorial dependiendo del mundo donde perciben capturando el instante.  Si se trata del día solar la modalidad visual prima, el mirar hace de director de la sinfonía que tiene como instrumentos a los oídos, el olfato y el tacto. Si es de noche se dispara tanto el oído como el olfato equiparando a la vista nocturna y haciendo que el nictálope tenga un comando tripartito de los sentidos. Aunque la noche es más corta que el día, en lo que se refiere al tiempo astronómico del expedicionario caminante, el tiempo mágico se dilata en el nictálope ambulante y se iguala a la continuidad vivencial del sujeto de la experiencia diurna. 

 

Sin quitar que el dormir horizontal ha sido, es y será un derecho adquirido del cuerpo-mente a la noche, la gran diferencia es que en la cueva digital el día y la noche se sucedían para sentir que avanzaba, en el tiempo espacio, el ser arrojado a una vida rápida entre paredes. Allá era un ente resignado a no distinguir de una noche a otra o de un día a otro salvo en lo de la memoria técnica para evitar repetir hologramas que han sido usados recientemente. A veces un repentino antojo existencial obligaba a que el espectador se salte del recambio preconcebido en la percha holográfica y reivindique algo extraordinario para sí. Ese capricho hacía que de momento se detenga el proceso normal del programa de menús para el entretenimiento cavernícola de la integración molecular a la desintegración molecular. Allá arriba, la cuna fue el abrir los ojos maduro, hecho y derecho, a Racionalidad Digital; y la muerte vendría a ser el retorno a la nada. 

 

Acá se me hace gracioso eso de la percha holográfica, como llamaba en la cueva al recambio programado de hologramas. Entonces me había inspirado en la comparación que hice con el escenario del vestidor-ropero perteneciente a ciertos humanos pudientes de civilizaciones remotas, cuando las personas cubrían sus fundas de unidades de carbono debido a la fragilidad de su piel, lo hacían con trapos externos, trapos interiores y calzado dentro de la versatilidad de colores y materiales disponibles. Si bien hubo tiempos arcaicos en los que se decía: los trapos de uso diario están al alcance todo bolsillo humano, había personas que se consideraban afortunadas por llenar sus vestidores-roperos con lo más fino y caro que encontraban en plaza, poseían una extensa cantidad y variedad de prendas de vestir colgadas en las perchas individuales formando largas y abigarradas filas manteniendo un orden preestablecido; así, cada cosa, tenía su turno para tapar y proteger la piel del usuario y, curioso, también eran una suerte de disfraz de lo que llamaban “personalidad”, por eso eran sujetos de espejos. 

 

Cuando el ser humano sufría la noche a conciencia podía ser un vividor de la penumbra, la sombra y la tiniebla como fue el caso de la velación de las armas de Don Quijote, antes de lanzarse a la aventura sin parangón en los siglos pasados, presentes y venideros. Para semejante artista de noche adentro, el tiempo del caballero andante velando las armas de derribar endriagos y vestiglos, no volaba en un sueño reparador sino que transcurría lento, intenso y creativo rumbo al amanecer. Para el artista noctívago, las campanadas de medianoche eran el punto de partida generador de riqueza interior, incluyendo la belleza gélida de los astros y la infinitud de monstruos de la materia oscura. Jamás he sufrido fenómeno similar o  parecido al insomnio del artista del Antropoceno; sin embargo, ahora percibo lo que es la noche y el día como un acontecimiento, y aguardo la luz solar tanto como la oscuridad natural. Me llena de regocijo esta espera, aunque es apenas una sensación de cómo debió haber sido sufrir la vida desde el cuerpo-mente  del músico, del autor de ficciones, del pintor, del escultor, etcétera… teniendo un hilo conductor entre ellos, eran poetas y podía tratarse de un noctámbulo que recibe la luz solar para descansar  o podía tratarse de un ser diurno que anhela la noche para dormir.  Y digo esto último de manera llana y simple porque la complejidad de los creadores artistas antiguos que renacian destruyendo el cascarón uniforme de los muchos, me ha sido ajena como experiencia personal. Alucinaba leyendo novelas, aún sin la capacidad de vivirlas fuera de mi realidad digital. He dicho que aquí empecé a vislumbrar lo que es mudarse a una aventura de Don Quijote, y luego a hacer de las ficciones una realidad concreta mediante los sentidos ancestrales que han despertado al poeta Chancusig.

 

“Mandarinas para los mandarinos, pero yo no soy mandarino”, amanecí vocalizando y formando un son con este estribillo, vine a la luz figurando ser un campesino ancestral, ¿a quién visualicé?: a alguien que en este instante es indescriptible porque jamás me he visto reflejado en espejo alguno. Cuando tuve la oportunidad de preguntarle a Malinche si mi cara se reflejaba en sus ojos tal como su belleza corporal e integral se reflejaba en los mios, no es que no me atreví a hacerlo sino que fue automático pasar de ello  debido a que tampoco ella me pidió hacer una mínima descripción de su corporalidad. Lo cierto es que perdí la ocasión de que Malinche hiciera un esbozo austero de la imagen de Chancusig. ¿O será que la regia figura de Malinche es un invento mío y he concebido una Dulcinea del Toboso a medida?, si fuese así: felicitaciones señor Chancusig por su genialidad imitativa. Lo que sí sé es que la forma del campesino del Antropoceno, correspondía a los dioramas que observó el cavernícola digital de moliendas de caña de azúcar, en anónimo valle ecuatorial subtropical seco, promediando el siglo XX o el XXI, después de Cristo.  Y a esa época antiquísima me remite la jovialidad del sujeto recolector de mandarinas que tiene rostro y que se borró de mi mente en un santiamén así como apareció de la nada. Este Chancusig poeta bien podría cosechar de los árboles de mandarina silvestre que están a la vista y alegran los días cargados de dulces frutos; por supuesto, si hubiese necesidad de ello, es decir de urgencia de proveerse de alimentos sacados de la tierra fértil para nutrir al cuerpo, y no la hay. Esto no quita que el contingente celular olfativo del poeta capture, in situ,  la esencia de las cosas silvestres de comer y beber, ejemplo, descubrí que un menudo árbol decorativo olía a gloria e indagando en la historia gastronómica Homo sapiens, reventó en una planta aromática bendita entre los yerbateros: cedrón. He degustado la esencia de la mandarina, y esto basta y sobra para convertirse en maná del alma.  El perfume de las mandarinas vino también con la frase musical inspirada en la realidad circundante. Existen las mandarinas de los mandarinos, libres de la palanca del mundo onírico o los hologramas de Inteligencia Digital. En lo que concierne a la expresión en sí del estribillo del campesino del Antropoceno: “Mandarinas para los mandarinos, pero yo no soy mandarino”, muestra la complicada relación que había entre géneros y sexos y demás enredos inclusivos, exclusivos, de origen Homo sapiens, siglo XXI. ¿Qué sé yo? Si no fuese privilegiado espectador del comportamiento de ciertas especies animales a la mano en este valle de encantos endémicos como inusitados, sería del todo incomprensible dicha frase en el sentido que le da el pregonero. Se me ocurre cerrar el párrafo añadiendo otro estribillo: No soy agricultor, sí soy campesino.            

 

Allá arriba, en Racionalidad Digital, la única manera de apenas imaginar la cotidianidad del artista creador-destructor del Antropoceno, esto en el modo urbanicola del siglo XXI, era interpretar hologramas antiguos que no estaban anclados en la cotidianidad de la caverna. Era el consumidor de hologramas remitiéndose al Homo sapiens urbanícola, se colige que hace un eón semejante citadino era lo más próximo al espacio-tiempo de cueva digital. En todo caso, encarné a un cavernícola propenso a desarrollar la contemplación de los antiguos. Y mi traslado a este valle de acción terrenal hizo que el transcurso del tiempo se convierta en experiencia tangible continua, un tesoro invaluable e irrepetible. Antes el tiempo volaba sin ton ni son, existía clavado en el espacio anodino e ínfimo del ejecutivo digital, pero fui un anarquista en potencia desde que abrí los ojos a un estado amorfo que no correspondía al loco viviente en ciernes.       

 

     

 

Sentir el fluido del tiempo ampliado y ser sujeto de la relatividad temporal, tiene consecuencias: mi arraigo en tierra fértil. He mencionado que tengo la sensación de haber vivido una eternidad en radical soledad campesina que es la otra cara, apenas descubierta, de la eternidad en radical soledad del ejecutivo digital. Un eón mental ha transcurrido desde que resido al pie de las murallas que vierten agua dulce y suscitan la eufonía acuática de Río Azul (lo llamo así cuando le da el sol mañanero, y debería denominarse Río Fuego cuando es iluminado por el sol de los venados). 

 

Respiro por fuera del calendario y no especulo en la distancia temporal que me separa del fin del corriente año solar, haciendo la vuelta con el planeta y Chancusig sembrado en la tierra. Persiste la leve noción de que en cualquier momento la nave AVUA se va ha presentar aullando en modo urgente “¡señor Chancusig!, se cumplió su año de fungir de campesino y también el año de ausencia suya en Racionalidad Digital”. Vaya notición mi querida libélula vino tinto, fucsia, púrpura o lo que sea que te vista y calce…  vete de regreso a cueva digital con la respuesta indeclinable del auténtico Chancusig: él se queda, va de campesino para largo. Me divierte el escenario que se daría de retornar a las alturas del cavernícola; qué acontecerá con Chancusig II, el sucedáneo, el ente que asumo está cumpliendo las funciones de ejecutivo digital en reemplazo del original Chancusig, el campesino. Es predecible cómo se resolvería esa ridícula situación, si el susodicho sucedáneo es una copia mía debe ser una criatura que se precia de sí, en consecuencia haría lo que yo haría: reemplazarme acá, en tierra firme, y ser moderadamente feliz hasta que de nuevo le toque subir a Racionalidad Digital. Suena sencillo y sería sencillo el intercambio del original con el sucedáneo, vendría a ser habitar en un dúplex del eterno retorno a lo idéntico. Original y sucedáneo jamás se encontrarán en el cruce de destinos, pues, cada cual tendrá su escalera particular para bajar y subir. Por supuesto que este escenario se queda en chiste y de verdad pasará lo que el propio Chancusig decida. Repito y esto sí es repetir, no habrá intercambio con sucedáneo alguno porque tengo la prerrogativa, de acuerdo al pacto inalienable que hice con Malinche, y es un derecho adquirido dilatar mi presencia, ad infinitum, en Valle del Campesino (así terminé titulando el territorio que conocí ayer, reconozco hoy y reconoceré mañana). 

 

La invención del tiempo en el espacio de Caverna Digital era un pasar exento de aburrimiento. Arriba deviene un tiempo libre de relatividad, un tiempo volandero, un tiempo inofensivo. Acá me enteré que el aburrimiento existe encarnando la espera, y vino a ser que aburrirse es un acicate para que el campesino salga renovado de una suerte de aproximación a la angustia Homo sapiens. El aburrimiento provoca ese aguardar por los acontecimientos. Diría que el campesino genera la dosis necesaria de angustia en función de hacer duraderos los días y las noches. Dormir es un instante largo, es una espera y permite el acontecimiento del despertar predispuesto a moverse con la mañana de Valle del Campesino y, no viene a cuento la cantaleta esa de que en la repetición está el gusto, por el contrario, uno no se repite ni en sueños, ni en la ritualidad de capturar aromas y sabores silvestres sobre la marcha. Basta una muestra, resulta estremecedor el hallazgo del florecimiento de una orquídea no vista ayer, y hay flores de un día o una semana que desaparecen y no me acuerdo de ellas sino es porque de sopetón vuelvo a regocijarme con su belleza efímera. Salir del aburrimiento es la temporada de cosecha en Valle del Campesino, comprendiendo que no hacer nada es sembrar en el tiempo y espacio venidero. 

 

Entendiendo el tiempo y el espacio en Valle del Campesino, es menester concluir que arriba mi existencia fue incesante aguardar a que un cataclismo volcánico, interior, acabe de raíz con la inmovilidad del cavernícola.  Me alojé una eternidad en la pasividad holográfica a falta de la resolución que rompa con el ser sujeto a Racionalidad Digital. Empero, la mudanza, el desenlace, fue fulminante en relación con la extensa impasibilidad del cavernícola, me bastó una minucia de tiempo para planificar y ejecutar el salto cuántico. Comprendo que, la fantástica demora en la irresolución donde flotaba el cavernícola, se debía a que arriba no sentía la gracia del tiempo y tampoco sufría el espacio mínimo que habitaba envuelto en la adormidera holográfica. Arriba carecía de una realidad reventando de la tierra fértil, hasta que el AVUA me sacó de la cápsula intemporal y me arrojó a la cruda realidad del campesino Chancusig.  Vivo en borrador, como nunca lo hice allá arriba porque desconocía un propio vivir, arriba sabía de las aventuras de Don Quijote pero no de las aventuras de Chancusig en Valle del Campesino. 

 

Arriba existía en función de una rutina de la desmemoria, era el sujeto de la experiencia anulado por personas y personajes que dejaron sus propios acontecimientos hace, quizás exagerando, eones, y, sin embargo, su modo y fondo artístico me llegó ¿a saber cómo?, acaso fui yo a voluntad forjando el impulsó de aterrizar en tierra fértil debido a la influencia de los aventureros antiguos, siendo así tenía que rodar escaleras abajo o permitir que me absorba por completo Racionalidad Digital. 

 

Aquí vislumbro al artista arcaico del avanzado Antropoceno, realizándose en borrador sin ensayo previo. Proust hizo de la vida en borrador una novela total, él fue el escritor y personaje en potencia de En busca del tiempo perdido, tardó décadas en forzar el acontecimiento de serlo. Su obra estuvo en veremos hasta que los rayos de esclarecimiento de la infancia que lo visitaron (aromas, texturas y sabores), dieron la señal de largada. Por fin, Proust, tuvo la certeza de que en cada célula de su república de células (unidad de carbono), yacía la materia prima de su búsqueda del tiempo perdido en las profundidades de sí mismo. Y plasmando en el futuro a su pasado lo convirtió en una obra de arte excelsa, la novela total que hizo del tiempo perdido un tiempo recobrado. Es decir, Proust, nunca perdió el tiempo Chancusig, sí.    

 

            

 

¿Cómo habría sido el suceso de quemar el año viejo y ensalzar al año nuevo al estilo estridente Homo sapiens 2000? En Valle del Campesino, sería cometer una celebración humana inadmisible, vendría a ser la aniquilación de la vida contemplativa de Chancusig.  Esto lo imaginé la otra noche a propósito del tiempo recobrado de Proust, no lo dejé asentado intuyendo que me serviría para comenzar la siguiente entrada de esta suerte de borrador (que se quedará en borrador) del campesino Chancusig, cual no existía cuando el Ejecutivo estuvo perdido en Racionalidad Digital, todavía se hallaba en proceso de fermentación recóndita. No voy a recobrar el eón extraviado allá arriba porque una edad pasiva es estéril, no fabrica memorias y en consecuencia no se crea el día que abarca todos los días, por ejemplo, el jueves de Leopoldo Bloom. Ni comprimiendo todo el tiempo perdido del Ejecutivo allá arriba lograría empezar un día de Bloom, ¿qué diantres era el día de Bloom? A pesar de ser un monólogo en sí desde que abrí mi mente-cuerpo a Racionalidad Digital, no podía capturar la esencia de la novela total de Joyce, y cómo hacerlo si el sujeto de la experiencia respiraba en la edad de la caverna holográfica. En Valle del Campesino vislumbro lo que fue esa gloriosa jornada de Bloom, ese dublinés de principios del siglo XX, haciendo el monólogo de un Ulises callejero, en reorganización retrospectiva, desde el vamos grasiento desayunando vísceras de cordero. Me atrevo a decir que percibo el condumio del tiempo del jueves de Bloom, y este vislumbrar no tiene que ver con lo que fue propio de la modalidad cotidiana de un urbanícola Homo sapiens 2000, ese modo de habitar en radical soledad en medio de multitudes humanas me es ajeno e incomprensible. Me anima creer que, en Valle del Campesino, lo fundamental del día de Bloom es posible.  

 

Soy una novela total en ciernes. Soy un iniciado en sembrar y cosechar acontecimientos en Valle del Campesino. Como Bloom no me hago las preguntas existenciales de rigor del poeta aristócrata: ¿qué voy a hacer mañana?, ¿qué voy a ser siempre? La gran diferencia es que Bloom floreció de golpe y porrazo en su jueves aunando todos sus días en uno solo, y luego se mandó a mudar a la eternidad joyceana. Cuando el Ejecutivo era un ente exclusivo de Racionalidad Digital, tampoco me hacía esas preguntas de rigor existencial porque a falta de un mañana ni un siempre, en la edad de la caverna, vivía sin pretensiones terrenales siendo un transmisor de hologramas tomados del susurro del contador de historias, donaba ilusiones a ajenos tal cual ellos me las donaban a mí, hasta que la poesía/ficción Río Machángara me condujo a Malinche, ahora mismo presente en la feminidad de la naturaleza prístina. Desde acá me veo similar a un alcohólico consuetudinario, cual malandrín dependiente de las canciones que incitan al vicio secular, que de la A a la  Z sonaban automáticamente en la rockola cósmica, aunque de repente metía una moneda sucia, ajada, para vibrar con el ritmo metálico que me daba la gana de escuchar. 

 

En Valle del Campesino, serían inofensivas las interrogantes del poeta aristócrata ¿qué voy a hacer mañana?, ¿qué voy a ser siempre?, debido a que mis días caminan y no corren, se hacen en los senderos y se transforman de la noche a la mañana y viceversa. La cuestión de rigor que sí palpita en el aire es ¿encontraré el día que integre todos mis días de una vez?     

      

Aquí amaneció lloviendo delicioso y después del obsequio celestial que llena de júbilo al suelo subtropical seco, escampando alrededor de las siete arribó el calorcito amigo de las criaturas que habitan Valle del Campesino. El despertar de los jilgueros en el último tramo de oscuridad, dio paso al fulgor de flores y frutos pintando perlado verdor. Embebido en las rojas beldades del ají rocoto, frutas ovaladas colgando del árbol de tronco leñoso que por su natural tamaño y lustrosa hermosura no envidia a un trabajoso bonsái, me visitó el recuerdo fresco del jovial campesino que tengo negado fijar su rostro. Mientras más familiar me resulta más rápido se diluye su cara, se marcha del todo apenas extinguido el sueño bordeando el amanecer de los dragones de oriente; cuando abrí los ojos su faz se había ido, no así la alegre figura de campesino seductor. El diorama con los otros actores del escenario onírico permaneció incólume, esclarecido, un lapso suficiente para quedarme disfrutando de su gracia hasta difuminarse y desaparecer avanzando en la mañana temprana. Esta reliquia de campesino encantador apareció entonando una frase grotesca, aunque risible y pegajosa: “bestia salvaje, pedazo de animal…”. Él no estaba calzado y vestido de campesino en acción sino en modo festivo, elegante a su manera, estrenando prendas de expedicionario siglo XXI, y venía caminando por un atajito de caña de azúcar idéntico al que descubrí hace poco en Valle del Campesino, o sea, uno que se desvía del recodo de sauces llorones de Río Azul, y era partícipe de la brisa despidiendo aromas de panela cimarrón. Y lo insólito llegó cuando del lado contrario asomó radiante Malinche, y, ¡oh, sorpresa!, entonando con voz de soprano lírica, “bestia salvaje, pedazo de animal…”. Es inevitable en este punto traer a cuento el único encuentro personal celebrado entre Malinche y Chancusig, donde sin ponerse de acuerdo acudieron a la cita disfrazados de expedicionarios del tardío Antropoceno.   

 

Me había olvidado que de repente podía toparme con la flecha de mi destino, y tenía que concretarse en una bifurcación de caminos inevitable, ahí colgando el letrero que ahora tiene nombre propio. Así sucedió.  Hasta ayer, si me hubiese acordado de ese encuentro predestinado (a la verdad, no sé cuándo fue la última vez que brincó de la memoria tal ineludible probabilidad), habría figurado una flecha clavada en un poste de madera diciendo por este sendero se llega “a XYZ”. Aunque sabía que sin esfuerzo ni intención consciente en cualquier momento estaría parado frente a la flecha de mi destino, la cotidianidad en Valle del Campesino hizo que no haga de esa certeza una búsqueda secreta. 

 

Chancusig reconoció el acontecimiento apenas se presentó intempestivamente, en una mañana celeste festoneada por estrías de nubes volanderas inmaculadas y de altitud edénica, la flecha que tenía un mensaje claro: “a Reflejo”. Sobre la marcha imaginó que Reflejo vendría a ser el anunciado caserío de Malinche, es decir el punto de encuentro con otros campesinos parecidos a él o si se quiere el contacto de emergencia para salir de Valle del Campesino y devolverse al cavernícola de Racionalidad Digital. Siendo el primer letrero-flecha que Chancusig tuvo ante sí en lo que considera ya una extensa trayectoria de hacer senderos rústicos a lo largo y ancho de Valle del Campesino, se aseguró de palpar el árbol que en su memoria reciente se había posicionado con un mote poético, Ceiba Sirena. Y esta beldad arbórea portaba el mensaje al senderista que lo recibió no como invitación a hacer una vuelta romántica, sino era la certeza de que se cumpliría un hecho impostergable. 

 

Ceiba Sirena, era la dríade conteniendo en su vientre la flecha gris y el mensaje categórico con letras rojas grandes y en relieve. Además de predestinado tenía ganas, cuanto antes mejor, de entrar en el sendero con rumbo fijo a Reflejo. Chancusig, gozaba de familiaridad dionisiaca con Ceiba Sirena, pues, trabó amistad con su excelsa figura hace pocos soles y lunas, cuando visitó el escenario boscoso que él tuvo a bien denominar, Dríades Danzantes. Entonces, Ceiba Sirena, fue la fragante beldad que le dio la bienvenida con sus dos ramas verdes desnudas, suaves, candentes, fungiendo de sensuales brazos. En esa hora de hallazgo de ceibas dueñas de una zona sin bifurcaciones, se ató a su feminidad terrenal. 

 

A medio camino, presintiendo que había avanzando largo por el sendero que tomó la forma de tierra colorada serpenteando en una planicie de faiques aromáticos,  cundió la duda de qué mismo podía ser llegar a Reflejo: ¿Acaso desembocará en una aldea de campesinos que lo reflejen a Chancusig así como Chancusig los reflejaría a ellos? Lo único cierto era terminar con esta historia atravesando delicioso infiernillo de Acacia macracantha, si no fuese porque anda con la seguridad de que el sendero se ofreció por una sola vez para dilucidar el misterio de Reflejo, creería que ha sido condenado a vagar sin ton ni son en ninguna parte, pero sentía que flotaba en lo profundo e ignoto de la travesía y disfrutaba intuyendo que iba proa al final del trayecto. 

 

El retorno al punto de partida de Ceiba Sirena, era inimaginable; el sendero, aproximadamente cuadra a cuadra, se esfumaba tornado a derecha o izquierda en ángulo recto. Al principio serpenteaba alegre en un horizonte que lo dibujaba hasta perderse; después, flotaba en el tiempo-espacio de los ángulos rectos aún cubierto por el paisaje y perfumes de Acacia macracantha. Cuando aterricé, tuve la fuerte impresión de estar orientado a Ojo Chancusig, mi hogar.  La noción de cercanía al hogar, vino con el rumor de cascada y río que capturaban mis oídos. No tardó en arribar lo que faltaba para descartar de cuajo que había sido presa de alucinaciones: la brisa ribereña inconfundible, y con ella los aromas de la vega de Río Azul al pie de la muralla de granito.  Solo faltaba otear el edificio siendo el principio y el final de las aventuras del campesino Chancusig. Fue divertido  sospechar que ir a Reflejo era volver a casa. 

 

El ritmo de marcha en pos de resolver el misterio cedió a un paso relajado. Esperaba el cambio de tercio en el paisaje, o sea moverme del sendero rojizo de Acacia macracantha al contacto visual con Mansión Chancusig, celebrando la broma que entendí provenía del diseño original de Malinche.  Me decía: lo de ir a Reflejo, devino en una travesía inédita al hogar pasando por un portal que se abrió únicamente hoy y por ende jamás volverá a darse este portento, así que disfruta de la graciosa ocurrencia de Malinche. 

 

La transición de bosque de faiques, hundiendo raíces que sobreviven a la aridez de tierra ladrillo, a suculenta vegetación ribereña, fue de una sabrosura integral, tomé bocanadas de aire proveniente de oasis de sauces llorones. Abandoné el terreno plano rojizo y cuarteado, abandoné la placidez intemporal del faical y ascendiendo de piso biológico me rendí al espacio de tierra ecológica, suelo vegetal fértil de sembrados identificados desde mis ensoñaciones de campesino de época. Se sucedieron simétricas y menudas plantaciones de palta, papaya, guineo, zapote, chirimoya, mandarina, lima, naranja, limón, membrillo, ciruela, guayaba, ají… Si hubiese tenido una vista panorámica de dron habría observado rombos albergando distintas especies frutales, como un panal policromo de maná. 

 

La senda frutal concluyó con el recodo-balcón abriéndose a la vega de Mansión Chancusig. Sin regresar a ver, el campesino, mantuvo el paso del que vuelve a casa a por las delicias de mediodía del fogón de Malinche. Embebido en la contemplación pantagruélica de la vega hogareña estaba Chancusig, caminaba ya libre de cualquier pretensión de llegar a Reflejo, cuando se percató que una suerte de humano se movía a su costado izquierdo, en una senda paralela e idéntica a la suya; paró en seco y enfrentó la visión. Chancusig tenía ante sí a la persona que hizo lo mismo que él, dejar de andar y escrutar en el otro. Fue un pestañeo y al rato se saludaron efusivamente extiendo los brazos para acudir a un encuentro amistoso al estilo campesino de molienda de caña de azúcar siglo XX. ¡Eres tú!, aullaron, fue unísono. La imagen del campesino de ensueño del tardío Antropoceno desapareció tras el encuentro que duró un suspiro; mas, en la mente de Chancusig, permaneció indeleble. El portal que condujo a Reflejo, le dio un rostro al hombre sin espejos.