La posibilidad de aterrizar y despegar del aeropuerto Seymour persiste, mientras sea pasajero usuario de sus instalaciones. Otra cosa es andar furtivo, en radical y feliz soledad, entre las ruinas de la extinta base aérea U.S.A de isla Baltra. No es una opción cualquiera que está a la mano en la oferta turística de  calle Baltra, Puerto Ayora, y tampoco es una decisión voluntariosa para transgredir la norma de “prohibido el paso”, sino que es poesía mandarse a mudar al encanto y contemplación irrepetible en el desierto donde he sido y soy afortunado receptor de acontecimientos. 

 

Pasando por Conolophus casino, alegres reptiles juegan al escondite y brotan de las sombras para quedarse estáticos sobre baldosas ladrillo cuarteadas. Vengo a desembocar en la Pista de iguanas terrestres tomando el paso distraído con la temporada de abejorros y grillos galapagueños, estos beneficiándose de las flores de la vegetación leñosa y arbustiva que aprovecha a tope lluvias raras en estación seca, la explicación es que el preludio de un fenómeno del Niño potente ha trastornado el devenir del archipiélago entero. 

 

Llegando al tope de la pista aérea teniendo como referencia las aspas quietas de la energía eólica vacacionando, busco la sombra mínima para reposar, hidratarse e ingerir la ración de marcha. Escucho el canto de aves de orilla tras la cortina de espinos de palo verde y queda en suspenso el tiempo de refresco, abro los ojos a una isla distinta: he ahí Baltra inundada, nunca antes percibida por el transeúnte. Sé que aquí he visto de corrido tierra rojiza, arcillosa, formando una suerte de piscinas vacías o trampas de arenas movedizas; ahora encuentro un paisaje acuático salobre de aves de orilla: concha acústica de garzas blancas, monjas mexicanas y patillos galapagueños.