Baltra irrepetible

La posibilidad de aterrizar y despegar del aeropuerto Seymour persiste, mientras sea pasajero usuario de sus instalaciones. Otra cosa es andar furtivo, en radical y feliz soledad, entre las ruinas de la extinta base aérea U.S.A de isla Baltra. No es una opción cualquiera que está a la mano en la oferta turística de  calle Baltra, Puerto Ayora, y tampoco es una decisión voluntariosa para transgredir la norma de “prohibido el paso”, sino que es poesía mandarse a mudar al encanto y contemplación irrepetible en el desierto donde he sido y soy afortunado receptor de acontecimientos. 

 

Pasando por Conolophus casino, alegres reptiles juegan al escondite y brotan de las sombras para quedarse estáticos sobre baldosas ladrillo cuarteadas. Vengo a desembocar en la Pista de iguanas terrestres tomando el paso distraído con la temporada de abejorros y grillos galapagueños, estos beneficiándose de las flores de la vegetación leñosa y arbustiva que aprovecha a tope lluvias raras en estación seca, la explicación es que el preludio de un fenómeno del Niño potente ha trastornado el devenir del archipiélago entero. 

 

Llegando al tope de la pista aérea teniendo como referencia las aspas quietas de la energía eólica vacacionando, busco la sombra mínima para reposar, hidratarse e ingerir la ración de marcha. Escucho el canto de aves de orilla tras la cortina de espinos de palo verde y queda en suspenso el tiempo de refresco, abro los ojos a una isla distinta: he ahí Baltra inundada, nunca antes percibida por el transeúnte. Sé que aquí he visto de corrido tierra rojiza, arcillosa, formando una suerte de piscinas vacías o trampas de arenas movedizas; ahora encuentro un paisaje acuático salobre de aves de orilla: concha acústica de garzas blancas, monjas mexicanas y patillos galapagueños.

Volcán Antisana a la vista

Aquí una recopilación de instantáneas propias de un espectador afortunado en el superpáramo a la sombra del volcán Antisana. Las imágenes congeladas se reaniman a futuro, y despiertan expandiéndose en otro tiempo y espacio merced a la memoria mágica. Esto es convertir momentos pasados en acontecimientos renovables. 

Fue una eternidad mental y física atravesar el tramo de pajonal rebozando vitalidad asociada a los verdores turgentes de almohadillas de superpáramo, avanzaba con los oídos bajó el eco metálico de la vertiente de agua fósil que aún invisible era añorada por ojos sedientos de que la música acuática se haga realidad y estalle acarreando milenios desde el deshielo incontenible de los glaciares del volcán Antisana. Apenas llegando al paraje justo amparado por la luz y la tibieza del intermezzo meteorológico en época de lluvia helada y fue cometer el ritual del montañero jovial: siesta lovochanceana al son de líquido fósil mimetizado con los jardines de altitud descendiendo a la Micacocha. 

Es inexorable la desaparición de los glaciares tropicales del Ecuador y está a la vista del común mortal. Conforme tenía una visión más cercana y de conjunto del coloso andino, a quien no he visitado hace dos años y casi cuatro meses, su transformación era evidente, sensible. Alzar a ver a la cara sur disponible del volcán Antisana, ya aprovechando de la meteorología que trajo el azar, fue ser testigo de cómo se han diluido los heleros colgantes dejando una huella de roca calcinada que se asemeja al carbón. Matizando con el rostro requemado de la pared sur, el glaciar de la cara occidental era un campo blanco arrugado, penitente, sufriendo constante agrietamiento. El absoluto de las nieves perpetuas de la alta montaña del Ecuador ha caído, no de repente sino sometido a un fenómeno climático que viene de lustros atrás.

Capturé la silueta a distancia y a contraluz del único cóndor en levitación sobre mi testa, su entrada a escena fue una fiesta con fondo azul. El cóndor, acogiéndose al mínimo esfuerzo, se desliza en las corrientes térmicas sin aletear, así puede pasar horas buscando la carroña que lo exime de ser un ave de rapiña. Esta majestuosa ave trajo consigo la paradoja de ser una especie en extinción -¿serán 150 especímenes que todavía sobreviven en esta parcela de planeta llamado Ecuador?-, mientras su imagen se exhibe airosa en el escudo nacional, multiplicándose aquí y en los tantos países en los que hay representación diplomática y en particular donde habitan millones de emigrantes ecuatorianos. 

Imagino al montañero de fuste y magnífico ilustrador Edward Whymper de regreso, habiendo transcurrido un océano de tiempo humano, en el superpáramo del volcán que hizo cumbre en marzo de 1880, por primera vez en la historia del andinismo ecuatoriano, preguntando perplejo: ¿Dónde están las docenas de cóndores que observé a diario suspendidos en los cielos del Chimborazo y de este desangelado cielo del Antisana? Lo cierto es que cuando Whymper estuvo por acá se alojó en los predios de la mega hacienda “Antisana” de  Rebolledo, y se enteró que la sentencia de muerte contra los cóndores se había dictado en firme por los hacendados y su tropa debido al convencimiento general de que el cóndor era una ave de rapiña que devoraba animales de rebaño vivos y que dado el caso atacaba a los campesinos lanzándose a picar sus ojos. Hasta el señor Whymper creyó en esa patraña de que el cóndor era una suerte de bestia alada proveniente del inframundo. El señor Whymper fue invitado de honor a presenciar y disfrutar de una trampa montada con un caballo enfermo sacrificado por el terrateniente Rebolledo, el fin era demostrar las habilidades de los vaqueros en el arte de lacear y liquidar al maligno cóndor el momento que esté pesado por el atracón y tenga dificultades en alzar vuelo… La cosa falló, aunque se reunieron dieciocho especímenes en torno al festín fueron embestidos por los vaqueros antes de que se metan de lleno a devorar a gusto el cadáver, livianos aún huyeron rápido y fácil del lugar. He aquí la ilustración artística de Whymper que ha quedado como testimonio del hecho para la posteridad (foto JAB, tomada del libro “Viajes a través de los majestuosos Andes del Ecuador”, página 199, Ediciones Abya-Yala 1993).

Lagartija en óxido ferruginoso

Atento al festival de zánganos polinizando la vegetación leñosa de baja altura que obsequia al visitante flores blancas y amarillas que brotan de la canícula y el añoso asfalto, de repente atrapé la imagen del lagarto Microlophus indefatigable. Esto ocurre en la cosecha de instantes para la memoria viajera y se da sobre la marcha, ya internado en los silencios y murmullos de la pista de la base aérea extinta, ya inmerso en una burbuja de reptiles endémicos que medran en el espacio-tiempo requemado que, de vez en cuando, bendecido por lluvia tropical mantiene en mínimos ralo bosque seco. Así hallé al lagarto retrepado en el tanque de agua caliente oxidado: la cosa que otrora fue útil de aseo se ha transformado en una suerte de escultura esculpida por la erosión e incrustada en el paisaje isleño, digamos que es un derecho adquirido tras ocho lustros de abandono en la intemperie. Ayer fue la captura de la imagen de la iguana, Conolophus subcristatus, beneficiándose de la sombra del tanque que la acogía; ahora es la pincelada de la lagartija de lava trepada en lo alto del artefacto-reliquia, aquí expongo su figura antes de que se hunda en la fresca oscuridad de óxido ferruginoso. 

Derecho de paso

Atrás quedaron las nubes derramando lluvia tropical; arriba quedó la fábrica de verdores de los bosques de Miconia y la tiniebla generadora donde anida el Petrel-patapegada, allá en la cordillera menuda del cerro Puntas y el cerro Crocker. Bajando al calor seco y radiante de Itabaca el ser mudable retoma su ritmo de iguana color fuego, caminando por el paraje del canal encendido en las piedras volcánicas tostándose superpuestas formando la pared abrupta, del lado de isla Baltra. Pálidas piedras y vegetación leñosa se trocan en acuarela azul, celeste y turquesa reuniendo cielo, aguas mansas de canal y piélago de pacifico océano. Poesía visual es el instante recobrado en otro tiempo y espacio, es como la iguana que brota de la mancha de espigas doradas por la carencia de humedad, es la iguana que surge de la nada sedienta. El instante recobrado es la iguana lanzándose a la estrecha vía asfaltada que deja ver sus costuras abiertas a la canícula reconcentrada en diez metros de ancho incluyendo cunetas. El instante recobrado es el espectador ubicado en la ligera curva donde el aviso de un letrero manda a obedecer sin chistar: “¡atención, cruce de iguanas terrestres!”. Escenario de privilegio, por fin asoma la iguana haciendo uso involuntario de su prioridad de paso; lanzada sí, lanzada a su andar elegante que esparce sosiego. Al cabo, el transeúnte humano, se ha involucrado en el cometido de la iguana y lente en ristre guardó para sí el acontecimiento.

El casino de Baltra

Lo que permanece de la antigua edificación de planta baja del derruido casino de oficiales se halla camuflado y en sí  incorporándose al paisaje y a la flora y fauna de bosque seco tropical de la isla de tierra colorada. Arriba está el cielo celeste jugando con nubes volanderas que de repente dibujan el avión comercial que está a punto de aterrizar en el Aeropuerto Seymour,si uno no alza a ver ni se entera, Eolo se encargó de alejar el ruido de las turbinas de los oídos del transeúnte. A menos de dos kilómetros,tan cerca del trajín de pasajeros entrando o saliendo de Galápagos,y,sin embargo,tan lejos en el tiempo-espacio que ocupa esta visita al casino que pasa de ser parte del inventario y oferta turística de las Islas Encantadas. ¿Qué tiene de alegre y conveniente esta ruina del siglo XX? Por sí misma nada que rescatar. Visto de ese modo sería inapetente andar por acá, bastaría con el trayecto de cinco kilómetros obligatorio que todo pasajero hace en bus del aeropuerto al canal Itabaca y viceversa. 

 

Vengo del “ojo de Baltra”, que es lo que aún brilla del solitario mural erosionado y esparce aires de arte Homo sapiens en los restos del bar o algo así, en todo caso darle una vuelta completa al ojo de Baltra vino a ser el aperitivo que condujo al banquete de sensaciones que es pisar diversos nichos de iguanas terrestres de Galápagos. Así doy con el espécimen que señala el camino de la rotonda y de ahí asoma la iguana tendida en la maleza amarilla que me invita a pasar al casino de oficiales de la extinta base aérea militar USA, La Roca, que funcionó en los años cuarenta del siglo XX, y se marchó invicta sin haber recibido ataques del enemigo ni haber efectuado ofensiva alguna contra el mismo enemigo. Se han sucedido décadas desde el abandono de la hueste de La Roca y, a cambio, lo que tengo a mis pies, en calidad de usufructuario, es al ser reptiliano descendiente de la iguana terrestre de isla Baltra que se salvó de perecer allá por los años treinta del siglo XX (a manos del depredador humano de turno que se entretenía cazando por deporte), gracias al traslado de especímenes que el capitán estadounidense Hancock realizó a la isla contigua, Seymour Norte. 

 

     

 

Vía Salasaka

La mañana de garúa y bruma en la zona alta y agrícola de la parroquia Santa Rosa, isla Santa Cruz, fue propicia para meterse en distendida caminata. Coger un rumbo sí, pero no fijarlo en la distancia ni en el tiempo como una fatiga inevitable y extenuante, y que sea una suerte de vaivén sin pretensiones de aproximarse siquiera a la jornada exigente de un avezado andinista. Acá está a la mano el beneficio de lo esencial en borrador, y esto no tiene desperdicio. Seguir la recta transversal en la Vía Salasaka, sentir el territorio de amortiguamiento del Parque Nacional dejándose llevar al encuentro aleatorio de la tortuga gigante de Galápagos, Chelonoidis porteri, es hacer el futuro inmediato. Una tortuga bastaría para enriquecer el paisaje de la carretera de asfalto luciendo un gris lavado que rompe el verdor de la montaña tropical. De repente se integra, a la acuarela libre de tráfico vehicular, el cucuve (ruiseñor) picoteando en la hojarasca; más allá el grupo de jóvenes salasacas avanza al pueblito pintoresco, mojado y silencioso de Santa Rosa. Cursando el mediodía lluvioso concluyó la vuelta dominguera del visitante en Pog River Restaurant.