En Santa Cruz, la especie de iguana marina propia de la isla, Amblyrhynchus cristatus hassi, tiene su amanecer de críos que pululan por doquier luchando por sobrevivir ante depredadores como la gaviota de lava endémica de Galápagos (Leucophaeus fuliginosus). Para las pequeñas iguanas grises, desde que eclosionan en sus nidos, el golpe de realidad es contundente. Los críos vienen separados del mar por laberintos verdes y leñosos del monte salado (Cryptocarpus pyriformis), manglares, campos de opuntias gigantes y cúmulos de lava volcánica petrificada. Apenas nacen y son arrojados al fragor de la vida-muerte salvaje, forzados a sumergirse y encontrar el único alimento vegetal que los nutre y que brota de las rocas submarinas gracias a las corrientes de agua templada, no hay otra opción es zambullirse o morir de inanición.
Iba de filósofo en brisa, tumbado a la sombra extendida de benéfico manglar de playa brava, mimado por las delicias de la arena fina, cálida, suave y cremosa, cuando el llamado del sentido atento al acontecimiento natural me sacudió y de un tirón acudí la acción de vida-muerte en proceso. Siendo al unísono espectador y perseguidor en la playa vacía e inmensa del sacrificio y la fuga.Fuí parte secundaria del escenario de la gaviota de lava acometiendo feroz al crío de iguana marina que rumbo al cadalso intentaba hacer el quite salvador. La intromisión del bípedo humano no ahuyentó al ave rapaz que, afinando la puntería, atrapó a la presa y se concentró en conservarla para sí ante un rival que aterrizó a disputar el banquete. Al cabo, la primera cazadora salió airosa, apuró la faena tragando a la criatura desfallecida y desapareció de escena a digerir en paz.
El contraste arribó minutos después con otro crío de iguana marina que huía despavorido de la amenaza aérea, el cuerpo gris sobresalía entre la arena blanca resplandeciendo con el sol ecuatorial del mediodía. Vino a por la presa la gaviota de lava de turno, podría haber sido la pirata que falló hace instantes en el cometido de robar la cacería a su congénere. Garras afiladas y el pico fiero buscaron con ahínco atenazar y comprimir al crío de iguana marina, pero este espécimen sí mostró rapidez y habilidad innata para fugarse, !bravo por él¡ El pequeño llegó a tiempo a la zona de seguridad de las rocas negras y se escabulló donde además de mimetizarse encuentra rendijas y cuevas frescas para reposar antes de tomar la ola quieta que lo sumerja en el océano nutricio.