La realidad después de la lluvia: Tichya, el Quijote y el arte de estar disponible para la aventura

Hay relatos que comienzan cuando algo extraordinario sucede. Otros comienzan, curiosamente, cuando aquello que esperábamos que sucediera deja de suceder.

“Mañana lluviosa”, relato incluido en El hombre sin espejos, de Juan Arias Bermeo, pertenece a esta segunda especie. Tichya emprende una salida hacia las tierras altas de una isla galapagueña con una expectativa sencilla: caminar, contemplar la naturaleza y encontrarse con las tortugas gigantes. Pero el clima decide otra cosa. Empieza a llover y la aventura imaginada se deshace antes de comenzar.

A primera vista, podría parecer una contrariedad menor, una de esas pequeñas frustraciones que forman parte de cualquier viaje. Sin embargo, en el universo narrativo de Arias Bermeo, los acontecimientos aparentemente adversos suelen poseer una capacidad de transformación. La lluvia no arruina la aventura de Tichya: la modifica.

Y esa modificación constituye el corazón del relato.

Cuando fracasa el itinerario

Tichya no puede controlar la meteorología. El paisaje previsto desaparece de su imaginación: la caminata seca y soleada, el sendero de las tortugas, las imágenes que había construido mentalmente. Entonces toma una decisión aparentemente pragmática: regresar.

Pero allí empieza la verdadera aventura.

Tichya vuelve hacia el puerto y, lejos de encerrarse en la decepción, se introduce por un sendero que llama, casi arbitrariamente, Callejón del Lagartijo. El bosque seco la recibe. Después llega una lluvia persistente. Luego un aguacero. Finalmente, una tormenta eléctrica.

La protagonista ya no está realizando el viaje que había proyectado.

Está realizando otro.

Este desplazamiento constituye una de las ideas más sugerentes del relato: la aventura comienza cuando dejamos de exigirle a la realidad que cumpla nuestro programa.

El viaje previsto era una cosa. El viaje vivido resulta ser otra.

Y quizá allí resida una de las claves de El hombre sin espejos. La propia presentación del libro define la aventura mediante la idea de “mudarse”: cambiar de estado, abandonar una posición para entrar en otra. Los personajes de estas ficciones parecen vivir bajo esa premisa. (Homo Aerius)

Tichya se muda, primero sin saberlo, de una expectativa a una experiencia.

La lluvia como máquina de transformación

La lluvia desempeña en el relato una función mucho más profunda que la de proporcionar ambiente.

Al principio representa una interrupción.

Después se convierte en experiencia corporal.

Y finalmente termina funcionando como una especie de mecanismo de revelación.

La narración lleva a Tichya desde la oscuridad húmeda del bosque hasta una caleta. La tormenta alcanza allí su máxima intensidad y, de pronto, cesa. Lo que sigue posee una cualidad casi epifánica: la arena mojada, el oleaje, la luz solar, el horizonte marino, las islas que reaparecen ante los ojos.

El texto condensa ese tránsito en una imagen particularmente poderosa: después del aguacero, Tichya se contempla reflejada en la arena húmeda.

Es un momento breve, pero merece detenerse en él.

El libro se llama El hombre sin espejos. Y, justamente después de atravesar la tormenta, la protagonista encuentra una superficie que le devuelve su propia imagen.

Pero no se trata de un espejo convencional.

La arena mojada es un espejo inestable, una superficie que reverbera mientras el océano la transforma. La imagen existe durante un instante y puede desaparecer al siguiente.

Tal vez no sea casual.

En este universo, la identidad tampoco parece ser una imagen fija.

Tichya: personaje, viajante y sujeto de la experiencia

Desde las primeras líneas, “Mañana lluviosa” introduce un procedimiento narrativo que llama la atención: la voz oscila entre la primera y la tercera persona.

“Soy Tichya”, afirma inicialmente la narración. Pero inmediatamente comienza a hablar de Tichya desde fuera: “Tichya percibe”, “Tichya contestó”, “Tichya observa”. Más adelante vuelve la primera persona: “Voy rodando…”, “me reflejo…”.

La alternancia no parece buscar una estabilidad narrativa convencional.

Por el contrario, parece expresar la propia condición del personaje.

Tichya es simultáneamente quien vive la experiencia y quien se observa viviendo.

El relato la denomina repetidamente “viajante” y, en determinado momento, “sujeto de la experiencia”. Esas expresiones resultan significativas porque desplazan el interés desde una identidad fija hacia una identidad en movimiento.

Tichya no es solamente alguien que viaja.

Tichya es alguien que se constituye mientras viaja.

Su identidad está “actualizada y en borrador”, para utilizar una de las expresiones del propio relato. (Homo Aerius)

Aquí aparece una conexión profunda con el título de la colección.

El hombre sin espejos podría ser entendido, en una primera lectura, como alguien que carece de una imagen en la cual reconocerse. Pero quizá la ausencia del espejo tenga otra consecuencia: si no existe una superficie estable que nos devuelva siempre el mismo rostro, nuestra identidad queda sometida al movimiento.

El lenguaje se convierte entonces en espejo.

Pero un espejo peculiar: no devuelve una imagen definitiva, sino múltiples versiones de quien mira.

El reconocimiento: ver y ser visto

El relato comienza, significativamente, con un pequeño episodio de reconocimiento.

Una persona saluda a Tichya porque la reconoce, mientras ella no la había reconocido previamente. Más adelante, Tichya sí reconoce a otro viajante: el hombre de los grandes bigotes.

Este juego aparentemente casual con la memoria visual prepara una cuestión que recorrerá todo el relato:

¿quién reconoce a quién?

El problema adquiere una dimensión mayor cuando Tichya llega a la playa.

Allí verá a Don Quijote y Sancho.

Ella los reconoce.

Pero ellos no reparan en ella.

La estructura resulta casi especular: al principio alguien reconoce a Tichya sin que Tichya lo reconozca; al final Tichya reconoce al Quijote sin ser reconocida por él.

El espejo nunca se completa.

Y quizá por eso resulta tan importante.

La experiencia humana no consiste únicamente en mirar y ser correspondido por otra mirada. Muchas veces consiste en encontrarnos con algo que nos transforma sin que aquello que encontramos llegue siquiera a saber que estuvimos allí.

Galápagos: mucho más que un escenario

Hay otra razón por la que la aparición del Quijote no resulta gratuita.

Arias Bermeo construye antes el territorio con una atención casi sensorial. La lluvia, los árboles, los animales, la arena, el océano, las rocas volcánicas, las aves y las islas aparecen mediante una acumulación de detalles que convierte a Galápagos en una presencia narrativa.

La naturaleza no es un decorado.

Actúa.

La lluvia modifica el itinerario.

El bosque modifica la percepción.

El sendero conduce a la playa.

El mar abre el horizonte.

Y el paisaje hace posible el encuentro.

La naturaleza, en consecuencia, no está simplemente alrededor de Tichya: interviene en la construcción de la historia.

Esto es importante porque permite comprender mejor la aparición del Quijote.

Cuando finalmente aparece, el lector ya ha sido instalado en una realidad intensamente concreta. La geografía ha adquirido suficiente densidad como para que la irrupción de lo imposible no destruya la realidad narrativa.

Al contrario.

La vuelve todavía más extraordinaria.

Cuando Don Quijote llega a Galápagos

Y entonces ocurre el gran acontecimiento del relato.

Tichya ve al Quijote, a Sancho, a Rocinante y al rucio avanzando por la playa.

La escena podría haber sido tratada como una simple extravagancia humorística: Don Quijote en Galápagos, lejos de La Mancha, enfrentado a tortugas, iguanas y volcanes.

Pero el relato elige otra posibilidad.

Don Quijote no llega a Galápagos para combatir monstruos.

No necesita convertir el paisaje en otra cosa.

No confunde los animales con enemigos.

No busca entuertos.

Contempla.

El texto lo presenta como un caballero más cercano al pensador contemplativo que al justiciero de lanza en ristre. El Quijote parece relajado, liberado temporalmente de aquella urgencia que lo llevaba a transformar el mundo en aventura. (Homo Aerius)

¿Por qué?

Porque Galápagos ya es aventura.

No necesita que Don Quijote la convierta en ficción.

La realidad ha llegado por sí misma a una potencia imaginativa extraordinaria.

La inversión de Cervantes

Aquí aparece, a mi juicio, el diálogo más fecundo con Cervantes.

En Don Quijote de la Mancha, el protagonista observa el mundo y lo transforma mediante su imaginación. Los molinos se convierten en gigantes; las ventas pueden adquirir la apariencia de castillos; la realidad cotidiana es permanentemente atravesada por la ficción.

En “Mañana lluviosa” se produce casi la inversión de ese procedimiento.

Don Quijote llega a un lugar donde la realidad ya posee la potencia de la ficción.

No necesita gigantes.

Tiene volcanes.

No necesita monstruos imaginarios.

Tiene especies únicas.

No necesita transformar el paisaje.

Galápagos ya parece inventado.

Y eso permite que el Quijote descanse de alguna manera de su propio quijotismo.

La literatura llega a un territorio donde la naturaleza ha realizado previamente su trabajo.

Tichya y Don Quijote: dos viajeros desplazados

A partir de aquí, Tichya y Don Quijote pueden leerse como dobles.

Ambos son viajeros.

Ambos viven la aventura como forma de conocimiento.

Ambos se relacionan con el mundo desde una sensibilidad que excede lo puramente utilitario.

Ambos están desplazados.

Pero existe una diferencia fundamental.

Don Quijote transforma la realidad mediante la imaginación.

Tichya descubre que la realidad ya contiene imaginación suficiente.

Ésta puede ser una de las claves filosóficas del relato.

Tichya no sale buscando una experiencia fantástica. Sale buscando tortugas.

La lluvia altera sus planes.

La alteración la conduce al mar.

El mar le devuelve su reflejo.

Y después del reflejo aparece el Quijote.

La ficción no se introduce violentamente desde afuera.

Parece surgir naturalmente de la experiencia.

La literatura como forma de mirar

Tichya puede reconocer al Quijote porque lleva consigo una memoria literaria.

La lectura ha modificado sus ojos.

Otra persona podría haber visto simplemente a dos hombres y dos animales. Tichya ve a Don Quijote y Sancho porque dispone de un repertorio interior que le permite reconocerlos.

Esto conduce a una idea que trasciende el relato:

leer es aprender a reconocer posibilidades en el mundo.

La literatura no permanece confinada al libro.

Una vez leída, pasa a formar parte de nuestra percepción.

Comenzamos a mirar la realidad con los ojos de nuestros personajes, nuestros poemas, nuestros relatos y nuestros mitos.

Por eso el encuentro de Tichya con Don Quijote puede entenderse también como un encuentro entre literatura y percepción.

Tichya no solamente encuentra un personaje.

Encuentra, materializado ante sus ojos, algo que ya llevaba dentro de sí.

El tiempo también se vuelve paisaje

El relato lleva todavía más lejos el desplazamiento.

Don Quijote no solamente está fuera de España.

Está fuera de su tiempo.

Entre Cervantes y las islas median siglos, continentes y océanos. El narrador habla incluso de “océanos de tiempo volcánico”, una expresión que convierte el tiempo en geología y la geología en metáfora.

Galápagos resulta especialmente apropiado para esta operación.

Las islas obligan a pensar en escalas temporales que exceden la duración humana. La tortuga gigante lleva consigo una temporalidad biológica. Las rocas volcánicas llevan una temporalidad geológica. Don Quijote lleva una temporalidad literaria.

Y Tichya camina entre ellas.

De pronto, una mañana lluviosa contiene simultáneamente:

tiempo humano, tiempo biológico, tiempo geológico, tiempo histórico y tiempo literario.

La caminante se convierte así en una viajera no solamente por el espacio, sino por distintas formas del tiempo.

El lenguaje también viaja

Hay otro detalle significativo en el encuentro.

Tichya se siente cautivada por el “rítmico castellano” del Quijote y Sancho, por esa lengua que llega desde el Siglo de Oro hasta una playa galapagueña. (Homo Aerius)

No llega solamente un personaje.

Llega una lengua.

Cervantes viaja hasta Galápagos a través de sus palabras.

Y esto permite una lectura particularmente hermosa: el lenguaje puede viajar más lejos que el cuerpo.

Tichya necesita un bus, un sendero, una tormenta y sus propios pies para llegar a la playa.

Don Quijote necesita siglos de literatura.

Una vez creado, un personaje puede atravesar geografías, épocas y culturas.

Puede aparecer allí donde alguien todavía sea capaz de reconocerlo.

El viaje no termina cuando Tichya se marcha

Hay, finalmente, una decisión narrativa muy significativa.

Tichya no intenta convertirse en interlocutora de Don Quijote.

No interrumpe la escena.

No necesita entrar en la historia cervantina.

Observa.

Recibe.

Y continúa caminando.

La experiencia queda depositada en su memoria.

Aquí aparece otra idea fundamental: quizá la literatura no nace necesariamente en el instante en que ocurre una experiencia.

Puede nacer después.

Primero sucede algo.

Luego queda en la memoria.

La memoria lo transforma.

La experiencia madura.

Y, en algún momento, vuelve como una imagen, una asociación, un relámpago de entendimiento.

Así, “Mañana lluviosa” contiene una pequeña teoría de la creación literaria.

Experiencia → memoria → imaginación → reinvención → relato.

La literatura sería entonces una segunda vida de aquello que alguna vez nos ocurrió.

El arte de estar disponible para la aventura

Llegados a este punto, podemos regresar al principio.

Tichya quería una mañana determinada.

No la obtuvo.

Obtuvo otra.

Y esa otra mañana terminó siendo mucho más rica que la que había proyectado.

Ésta quizá sea la enseñanza más filosófica del relato.

No se trata de afirmar que toda frustración es buena ni de convertir cualquier inconveniente en una oportunidad mediante una fórmula optimista.

Se trata de algo más sutil:

la realidad no tiene la obligación de parecerse a nuestras expectativas para resultar significativa.

A veces, justamente cuando el programa se rompe, aparece aquello que no podía haber sido programado.

Tichya aprende, literalmente caminando, una forma de disponibilidad.

No sabe qué va a encontrar.

No controla el clima.

No controla el paisaje.

No controla siquiera el sentido último de lo que ve.

Pero permanece abierta a la experiencia.

Y esa apertura le permite encontrar algo que jamás habría podido incluir en su itinerario inicial:

a Don Quijote caminando por una playa de Galápagos.

Después de la lluvia

Quizá por eso el título resulte más profundo de lo que parece.

“Mañana lluviosa” no designa simplemente una jornada meteorológicamente incómoda.

La lluvia es la condición de posibilidad de otra mañana.

Hay una mañana que Tichya esperaba y una mañana que efectivamente vivió.

La primera desaparece.

La segunda aparece.

Entre ambas está la lluvia.

Y después de la lluvia está el reflejo.

Y después del reflejo, el Quijote.

Podríamos entonces formular la paradoja esencial del relato de esta manera:

la mañana que parecía arruinada era precisamente la mañana que estaba por revelarse.

Tichya salió en busca de una aventura y encontró otra.

Quería caminar entre tortugas y terminó caminando dentro de la literatura.

Quería contemplar un paisaje y terminó encontrando un espejo.

Quería llegar a un destino y terminó descubriendo que el verdadero viaje estaba en la desviación.

Y quizá allí se encuentre la idea que “Mañana lluviosa” deja flotando después de su última página:

La aventura no siempre consiste en encontrar aquello que buscamos. A veces consiste en estar suficientemente despiertos para reconocer aquello que no sabíamos que estábamos buscando.

En ese sentido, Tichya y Don Quijote se encuentran por una razón que va mucho más allá de la fantasía.

Ambos pertenecen a una literatura del movimiento.

Ambos son seres que se mandan a mudar.

Ambos encuentran sentido mientras caminan.

Pero mientras el viejo caballero necesitó imaginar otros mundos para hacer extraordinario el suyo, Tichya descubre algo diferente:

que quizá el mundo, cuando dejamos de exigirle que cumpla nuestros planes, ya era extraordinario.

Y entonces deja de llover.

La arena se vuelve espejo.

El horizonte se abre.

Y, por un instante, la realidad permite que el Quijote camine por ella.