Aquí Tychia, comunicando sobre la marcha… Pensé que la cosa atmosférica iba a mejorar y hasta me saqué el ligero rompevientos y removí la capucha impermeable de la mochila de asalto a la cumbre de este día, figura verbal del desplazamiento de marras haciendo gracia y honor a la bipedación humana en esta época del desprecio a la vida lenta. Así le hago el quite al oxidarse en paz de la época urbanícola de Inti y Tilda, cuando éramos los compañeros ideales, ambos fieles a la impronta de oxidarse en paz. Fuimos la pareja de la existencia rápida que aullaba afanosa: ¡oxídate en paz!
No hubo tregua, la lluvia se tornó torrencial tras los minutos de incertidumbre engañabobos, lo cierto es que la transeúnte se quedó con la gana de que no solo se aligere la marcha sino que se ilumine. Apenas fue un amago celestial de cerrar el grifo, tampoco es que esperaba desembarcar en paisajes deliciosos de tierras altas con vista al océano tropical. A desoxidar en paz, Tichya. No hay más conflicto adoptando el buen talante propio del ser mata-domingos. Abandonando la aldea, a la altura del cementerio, se diluyó la gana de andar soñando con una mañana de sol y sombra equilibrados, el rompevientos volvió a cubrir mi espalda y la capucha a unirse a la gorra de béisbol, también el protector impermeable de la mochila de asalto se desplegó; otra vez venía forrada del pantalón corto para arriba. Los pies desnudos calzando sandalias de senderismo anfibias se predisponen a chapotear sin ambages en los charcos de la carretera rústica de lastre y tierra color ferruginoso. Cuán eficiente soy con el trabajito que acarrea esto de enrollar y desenrollar, guardar y sacar ropa de fatiga. En todo caso cualquier movimiento es parte de la tarea principal de cocer a fuego lento la mañana de domingo, si haces bien la tarea reventará una tarde de domingo muelle, y después un lunes jubiloso acordándome que el domingo fue ampliamente superado sin pena y con gloria memorable.
Anduve un buen trecho a merced del aguacero resbalando en la visera y goteando al piso del camino de campo endomingado que se une, libre de tránsito motorizado, al arte abstracto que en sí constituye la acuarela plomiza, nebulosa, del inmediato futuro. De la acuarela lateral brota la voz cantarina y empática: Vamos cogiendo tu ritmo de tortuga gigante adquirido en isla Isabela cuando aún eras Tilda no sé cuántos en transición a la Tychia de aquí y ahora. Si te acuerdas cuando eras Tilda la transparente, la ejecutiva de alto vuelo volcada a las redes sociales… Cómo no acordarme, era la ingeniera ingeniosa todoterreno urbanícola, allá por la época del éxito a dúo con Inti el emprendedor y su frase favorita, en exclusividad hecha para Tilda: “voy a ser cruel contigo amorcito, amorcito…”. Inti me recitaba la frase de su angustia existencial imponiendo orden, según él, y explayándose en la monserga del progreso individual gracias a la autoexplotación. Esto porque sospechaba en ti el bullir libertario que guardabas en secreto casillero del subconsciente aunque ensoñando te escuchabas devolviendo a Inti la frase, ¿en modo búmeran, o no? Por supuesto que sí, quitando los horribles diminutivos del amor que jamás fue más allá de una sociedad conyugal temporal y de mutuo beneficio adquisitivo-acumulativo. De hecho, es de rigor la gratitud que al cabo le debo a Inti, me enseñó a ser precavida reuniendo fondos a futuro, a semejanza suya. Y mira vos la debacle conyugal que camuflada se venía a pasos de panóptico desarrollista. Una vez consumada, en isla Isabela, el fin de la felicidad consumista a dúo, el saldo a favor de Tychia es prometedor, me refiero a que dispone de una fortuna suficiente para que la austeridad de la vida lenta sea perpetua, sin dar golpe.
“Voy a ser cruel contigo, Inti, bestia humana acuciosa…”. Fue un goce iniciar así el brevísimo diálogo del adiós, me veía radiante repitiendo esa frase de ensueño que se hizo realidad en la estocada letal a nuestra sociedad conyugal libre y, taxativamente hablando, así resultó. El contrato verbal, que igual estaba por concluir en sus primeros cuatro años renovables si las partes así lo disponían, acabó impecable. Fue espontáneo que surja el punto final teniendo a Inti como pretexto y detonante de la explosión pliniana: “…no quiero ser feliz contigo y peor con la Tilda pujante, prefiero vivir de muda en muda”. Modificaste tu nombre Tilda a un nombre que te suena astral, cósmico, Tychia o Tichya, se consolidó para encarnar al ser mudable que hace la cumbre de este día y de todos los días.
Me encanta que traigas a colación la última mañana que fui feliz con Inti. ¿Cuándo?, como si hubiese sido hace un siglo igual pasaría de consultar a la memoria cibernética, da lo mismo el tamaño temporal -un año o un eón- transcurrido desde que abandoné a la rendidora Tilda. El acto consumado de haber sido cruel a semejanza de Inti fue la resolución en sí de la honestidad mutua, o sea Tilda fue tan honesta como el rapidito Inti. Fui cruel (honesta), rompiendo de raíz con la obtusa cotidianidad de Tilda, la despaché junto con su interminable calculadora llamada Inti. Vaya transformación la tuya Tychia, sufriste una fermentación lenta en el subconsciente: el proceso que reventó a manera de un volcán pliniano (gracias a la metáfora de Plinio el Pliniano). De la noche a la mañana descubriste que ir a ritmo de tortuga gigante era lo tuyo, zafaste de la autopista de ocho carriles y no ruedas más en la felicidad reducida a postura social.
Esto no va a componerse solo porque rendimos tributo dominguero a la vida lenta, ondulada y transversal, teniendo como fondo en los flancos a las fincas sumidas en un letargo primigenio de esponjas. Vamos para delante a ritmo de tortuga gigante, adoptamos la figura ideal para ser protagonistas en el aguacero y en la aproximación al mediodía. Sí, vamos para delante pero no avanzamos en la nada brumosa careciendo de un tambo cercano donde guarecernos como el fetiche quelonio que cualquier momento encuentra refugio donde está, no nos pegamos a la maleza de la vera del camino que se viene angostando intempestivamente. Nosotras, bípedas implumes, tenemos que buscarnos la vida como tales y la alternativa de la retirada digna está presente en los pies, a saber: volver a la plaza del pueblo, es lo que nos conviene tal como van las cosas de andar y ver sin la menor esperanza de que surja otro acontecimiento a la intemperie que no sea agua celestial, ni siquiera nos hemos topado con una tortuga gigante, ¿dónde están y dónde estamos nosotras? En fin,Tichya, propongo dar media vuelta ipso facto cuando todavía gozamos de energía para hacer heroico retorno a la sociedad de puerto endomingado, déjate de pendejadas, tenemos antojo de cuatro empanadas rociadas de ají de tomate árbol, tenemos antojo por el jarro de café chuspa de estos lares, tostado y molido a la vista. De eso mismo hablamos, Tychia, dos empanadas de viento y dos de verde, frente al mar en la hueca de Charly: ¿aceptas o no?”.
A eso iba, a ordenar la retirada y media vuelta con rumbo cierto a hincarle el diente a la exquisitez gastronómica recomendada por el sibarita Lovochancho, ascensionista de media montaña a tres cuartos de montaña. Pero no sé cómo eché de ver en la hondonada y constaté -a pesar del tiempo nublado y oscuro proyectándose al infinito en un túnel vegetal que presentía venir inexorable-, que había un detente original, inminente, alcanzable a pies y manos danzantes. Dimos con la pared de fragante de bosque lechoso, Scalesia affinis, y gritamos con la espesura al unisono “hasta aquí llegaste”.
Me reconozco yendo al encuentro de la glorieta señorial de la hondonada, la bandera blanca aunque azotada por el viento y la lluvia luce airosa en la cúpula de la pérgola que invita a dar la vuelta, y ser huésped del espacio techado que conforma una isla seca, cálida y acogedora donde anclar a salvo el velero húmedo de la mañana justo cuando arrecia el aguacero galopando hacia el diluvio. Entrar a la glorieta fue salir del planeta de la humedad criando mixomicetos en la espalda, me tomó segundos despejar los sentidos e incorporarlos a la flamante realidad de la pérgola al límite del abismo verde de Scalesia affinis descendiendo al llano.
Música de aguacero tropical me arrulla. La toalla playera se amolda a mi cuerpo despojado de las prendas de vestir impermeables, suspendida en el calorcito seco de la hamaca estoy lúcida para oír el eructo majestuoso del otro huésped del refugio: Solitario George.